Intermedio musical

Stacey Kent
“Breakfast on the morning tram” de Stacey Kent. Album lanzado en 2007 por el sello ParlOphone/Warner. Nominado al Grammy en 2008.

Me gustan estos días que me arrancan de la rutina, este interludio entre fiestas, este tiempo de familia, de reencuentro con amigos y de reposo para algunos, donde no sabemos en qué día de la semana estamos mientras esperamos el nuevo año y nos olvidamos un rato de la dieta.

Hay algo embriagador en esta sensación de transición que nos transporta de un tiempo a otro y nada mejor que acompañarla de buena música y letras nóbeles.

Hace poco descubrí a Stacey Kent, cantante de jazz estadounidense de larga carrera artística, y supe de la singular asociación que tiene con el escritor Kazuo Ishiguro (“Los Restos del día” (1989), “Nunca me abandones” (2005), entre otros), premio Nobel de Literatura 2017. Hasta 2002 ambos no se conocían, pero la casualidad quiso que un día, escuchando una entrevista radial que le hacían al autor, Stacey Kent quedara atónita cuando él señaló que era fanático de su música. Ante tanta coincidencia -porque ella también era ávida lectora de sus libros- decidió contactarlo para agradecerle sus palabras, lo que derivó en un encuentro y el comienzo de una amistad que dura hasta hoy.

La música es un tema tratado en muchas de las obras de Ishiguro (“Los Inconsolables” y “Nocturnos”, por ejemplo), pero nunca sus relatos habían sido transformados en música, al menos no en público. Según cuenta él mismo en un artículo del diario The Independent, escribir canciones fue una de sus pasiones en su juventud, por lo que se entusiasmó mucho cuando, a poco andar, Stacey Kent y su marido, el saxofonista Jim Tomlinson, le propusieron que escribiera la letra de canciones para su nueva producción discográfica.

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Kazuo Ishiguro, premio Nobel de Literatura 2017

Así nació el álbum “Breakfast on the Morning Tram” (2007), que incluye cuatro canciones escritas por Ishiguro con música de Tomlinson. Estas son “I wish I could go travelling again”, “So Romantic”, “The Ice Hotel” y “Breakfast on the Morning Tram”. En cada una, Ishiguro construye un universo delicado, sutil y lleno de metáforas, tan propio de su narrativa. Son canciones que cuentan historias de amor y desamor, de viajes, decepciones y nuevos lugares que suscitan emociones.

Una de mis favoritas es la que le dio el nombre al álbum y que en español se traduce como “Desayuno en el tranvía de la mañana”. Describe un lugar casi mágico -el tranvía de la mañana- con cualidades excepcionales, capaz de hacer que un extranjero en la gran ciudad se sienta acogido y comprendido. Lo invita a entrar y a disfrutar un panqueque de canela que le hará pasar su pena. Los otros pasajeros lo harán sentirse en casa, le ofrecerán más café y no lo dejarán sentarse solo. Porque han visto a muchos como él/ella y ellos también han pasado por lo mismo.

Dan ganas que toda gran ciudad tuviera uno de estos tranvías para acoger al agobiado recién llegado.

Otra canción, “The Ice hotel” (“El hotel de hielo”), es una invitación más romántica para arrancarse a un paisaje exótico por lo frío, sensual y extremo. Juega con contrastes y escapa del lugar común, sin dejar de lado el humor, muy bien interpretado por la bella voz de Kent. La música es hermosa y más que hablar de ella es mejor escucharla. Les dejo estos videos para que disfruten con unas lindas canciones estos últimos días de 2019.

Nos vemos en 2020, que espero traiga para todos, paz, amor, salud y muy buenas lecturas.

 

Leila Guerriero retrata a Bruno Gelber

L. GuerreiroDe las mil formas que existen de contar una historia, Leila Guerriero sabe encontrar aquella que atrapa desde la primera línea por su energía precisa y su lenguaje vivo; esa que sugiere a través de una prosa inteligente y percute por su veracidad a toda prueba. Eso y mucho más queda en evidencia en “Opus Gelber, retrato de un pianista” (2019), su nuevo libro, donde la periodista argentina nos invita a descubrir al gran músico Bruno Gelber con una mirada nueva, gracias a una inmersión total en el mundo pluri-facético de este artista, con la esperanza de recabar suficientes elementos que permitan esbozar una imagen, por esquiva que sea, de su persona. Tarea nada fácil, pero el viaje realmente vale la pena.

Y es que de buenas a primeras no parece sencillo retratar de manera original a un artista como Bruno Leonardo Gelber -considerado uno de los cien mejores pianistas del siglo XX-, sin caer en la reiteración, el lugar común o una descripción wikipédica de sus enormes logros musicales.

Guerriero se plantea de otra forma. Su texto se basa en el dato duro, la fecha exacta, la información precisa; por supuesto. Pero su arte consiste en dar cuenta de todo ello de modo tal que nos parece estar viendo, escuchando y hasta oliendo a Gelber en el living de su casa.

Y no se queda ahí. La mirada aguda de esta maestra del periodismo narrativo latinoamericano va más allá; perspicaz y sutil, aspira a “ver, en lo que todos miran, algo que no todos ven”, una de sus consignas bases. Detalle a detalle, por nimio que sea, el retrato se va componiendo. Surge así una imagen novedosa y compleja -en las antípodas del estereotipo- de este misterioso artista, aclamado por la crítica musical por más de seis décadas.

Aparte de un reporteo y un trabajo de documentación colosal, la materia prima central de este libro está formada por las horas y horas de entrevistas que Guerriero sostuvo por casi un año con el pianista argentino en su departamento ubicado en el popular barrio de Once en Buenos Aires, donde él se instaló después de casi toda una vida en Europa codeándose con la elite musical y la alta sociedad del lugar. Allí conversan durante largas veladas, solos y acompañados; presencia clases con uno de sus alumnos, cena con él y sus amigos y es testigo de muchas escenas de su vida doméstica.

Para ver eso “que no todos ven”, el método de Leila Guerriero es hacerse invisible, dejar que el entrevistado cuente, haga, gesticule, coma y calle como si ella no estuviera ahí. La voz que más se escucha, por ende, es la de Bruno Gelber, quien hace su entrada en el texto con un:

“- ¡Tesssoro! -dice exagerando la ese mientras tracciona con las manos sobre los apoyabrazos y luego con los puños sobre la mesa para levantarse.

– No te levantes, no hace falta.

– Mirá si me vas a mandar vos a mí – dice en un tono de reconvención jocosa, y se yergue sobre sus brazos de Atlante.

– Sentate, pichona”    

Pichona, Rulito, Maravilla, son algunos de los sobrenombres con los que Gelber, con el transcurrir de las páginas, llamará a la periodista, con la que claramente se establece una relación de respeto y confianza mutuos. Recorrerá en idas y venidas su vida entera: su concierto a los cinco años, el primero de los más de cinco mil que ha tocado; la poliomielitis que lo atacó a los ocho y que le dejó la pierna izquierda mala para siempre; su relación con su madre; sus estudios con Scaramuzza; sus años en Europa; sus amores; sus cirugías estéticas; el accidente que le dañó una mano y le obligó a aprender todo de nuevo a los 60 años.

Guerriero es curiosa, pero sabe preguntar lo justo, sin protagonismo. Más que nada, observa y registra. Al relatar, sus descripciones son tan vivas y sus adjetivos tan efectivos que dan ganas que su lectura fuera un virus para contagiarse un poquito: el silencio de las calles es “neutrónico”; el edificio donde vive Gelber es de dimensión “fritzlanguiana”; el entorno en el barrio de La Boca, de urbanidad “batmaniana”; el pelo de Gelber “gaseoso” y algunas de sus réplicas tienen “velocidad de sitcom”. Continuar leyendo “Leila Guerriero retrata a Bruno Gelber”