Ni ficción ni realidad, sino todo lo contrario

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“Basada en hechos reales”, Delphine de Vigan. Anagrama (2016). Traducción: Javier Albiñana. ISBN: 978-84-339-3730-8 (versión digital)

Comenzando por el título, nos ponemos en guardia. ¿Es un relato real o “pura” ficción? Empezamos a leer; página tras página, se tiene la sensación de que hay que desconfiar, de que hay gato encerrado, de que puede ser lo uno o lo otro, o incluso, ninguno de los dos. Quizás lo sabremos al final; o capaz que nunca nos quede claro y a fin de cuentas ¿qué más da? La historia envuelve y fascina, nos deja pensando: los lectores hemos sido felizmente atrapados, dulcemente manipulados, pero no nos importa. Hemos disfrutado de una excelente novela.

“Basada en Hechos Reales” es la octava novela de la escritora francesa Delphine de Vigan, un thriller psicológico que cuenta la historia de una escritora llamada Delphine – igual que la autora- , quien luego de publicar con gran éxito un libro basado en el suicidio de su madre, entra en un periodo de sequía literaria donde no es capaz de escribir ni una palabra más; incluso acercarse al computador o redactar un email le provoca náuseas. En ese estado de abulia y vulnerabilidad conoce a L. -escritora fantasma de biografías de celebridades- y se inicia entre ellas una extraña amistad que va a devenir en una relación altamente tóxica y peligrosa.

La historia está narrada por Delphine, quien con voz serena y pausada va relatando paso a paso cómo L. invadió su vida y su personalidad en un proceso lento pero seguro del cual ella toma conciencia recién a mitad de camino y cuyas motivaciones solo entenderemos al final del libro.

L. aparece a sus ojos como una mujer sofisticada, de ideas tajantes que defiende con pasión y muy segura de sí misma. Justo lo contrario de Delphine quien se siente torpe, tímida, de esas personalidades que no soportan ser el centro de atención, sobre todo frente a la fama que le ha dado el éxito de su novela. La manipulación cae en terreno fértil; L. se perfila como la persona que la entiende mejor que nadie y la única dispuesta a ayudarla en lo que sea en estos, sus peores momentos.

Es un libro que destaca por tener varios niveles de lectura diferentes y donde todos se entrelazan, lo que refleja una estructura cuidadosamente diseñada por la autora hasta el más mínimo detalle. En el primer nivel está el thriller propiamente tal; la trama que atrapa, con un suspenso in crescendo y muy bien articulado, a medida que el control de L. sobre la narradora va ganando terreno y nos mantiene en vilo hasta la última palabra del relato.

Bastaría con esa historia para hacerla una novela de méritos. Sin embargo, esta tiene un trasfondo que la hace más interesante aún y es que nos remite a la eterna cuestión de realidad versus ficción en una obra literaria. Continuar leyendo “Ni ficción ni realidad, sino todo lo contrario”

Gratitud en tiempos difíciles

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Photo by Bess Hamiti on Pexels.com

Gracias es una palabra que deberíamos repetir en estas semanas de extrema anormalidad en que vivimos. Es cierto que son días de inquietud por los hijos, padres y amigos que están lejos; días de incertidumbre económica y laboral, también de logística complicada y de noticias que nos embargan de zozobra y conmiseración por tanto sufrimiento que vemos a nuestro alrededor. Sin embargo, toda inconveniencia que podamos vivir palidece cuando pensamos en los enfermos y en el trabajo de médicos, enfermeras y personal de salud que están luchando cada segundo por salvar vidas en la primera línea de hospitales y UCIs.

¡Gracias a todos ellos, de todo corazón!

Gracias también a quienes con su trabajo esencial en supermercados, farmacias, seguridad y transporte hacen más llevadera esta situación tan única. Gracias a los vecinos que se ofrecen a hacer la compra al más vulnerable que no puede salir. Gracias a esa llamada o ese mensaje que acompaña al que está solo en este tiempo difícil. Gracias a todos los que se quedan en sus casas. Aún en los peores momentos, siempre hay algo por lo cual agradecer.

A la enorme mayoría nos toca quedarnos guardaditos en nuestros hogares para no poner más vidas en peligro y más vale hacerlo bien y con el espíritu en plena forma. Por eso que vaya un gran agradecimiento a la pila de libros que tenía pendiente y que me han servido para hacer llevaderos estos días de constante preocupación. Supongo que la mayoría de ustedes, lectores empedernidos, estarán conmigo al decir:

¡Gracias libros queridos!

Vuelvo así al tema de este blog y les comento de manera breve tres libros que estoy leyendo alternadamente de temas y géneros completamente diferentes entre sí. Cada uno en su estilo y contenido han sido una bendición a la hora de distraer la mente, ya sea que estén o no relacionados con la actualidad. No los he terminado aún de leer, de modo que les doy apenas unas pinceladas de lo que más me está gustando de ellos:

Gaskell

“Cuentos góticos”, de Elizabeth Gaskell: es un conjunto de cautivantes relatos llenos de secretos de familia, desapariciones misteriosas y fantasmas en caserones victorianos que nos sacan un ratito de la coyuntura. Gaskell fue una escritora inglesa de mediados del siglo XIX a quien Charles Dickens le pidió que colaborara con escritos para su revista Household Words, muchos de los cuales se incluyen en esta colección de nueve cuentos. Ya he leído tres de ellos y me ha gustado la habilidad de la autora para crear ambientes aparentemente costumbristas pero que esconden algún misterio bastante tétrico. Muy entretenidos y su lectura es altamente absorbente.

Rutherford

“How to argue with a racist”, (Cómo discutir con un racista) de Adam Rutherford: es el cuarto libro de este doctor en genética de University College London quien se ha dedicado a la divulgación científica escrita y televisada en premiados programas de la BBC. En esta amena obra entrega sólidos argumentos científicos, basados en la historia de la evolución humana y en las recientes investigaciones del genoma humano, para refutar cualquier idea de raza basada en términos biológicos. Es una lectura fascinante y nada de complicada, que entrega buenas armas en cuanto a conocimientos para rebatir a racistas que en vano tratan de recurrir a las ciencias. Lectura imperdible que refuerza la idea de que “tus ancestros son mis ancestros”, vengamos de donde vengamos. En el fondo, somos una sola humanidad.

Homero

“La Odisea”, de Homero: este era un gran pendiente que tenía desde hace años y que por fin he empezado a disfrutar. Es la historia del regreso del héroe Odiseo a su tierra y su familia tras diez años batallando en la guerra de Troya. Especialmente en los momentos en que vivimos, es fácil identificarse con el protagonista de este bello poema épico. Hoy, más que nunca, podemos entender cuánto añora Odiseo volver a abrazar a quienes ama y cuánto lucha por volver a la normalidad perdida. Gran parte del poema trata de los obstáculos que enfrenta en este retorno y su determinación y astucia al momento de  vencerlos. Su regreso es largo y dificultoso, pero llega por fin a Itaca a retomar la vida junto a su amada Penélope y a su querido hijo Telémaco.

Me quedo con esta nota positiva, confiando que entre todos podamos hacer más llevadero el camino de regreso a nuestra propia normalidad. ¡Gracias a todos los que están poniendo de su parte en esta tarea!

Y en caso de que se les acaben los libros de su pila de pendientes, les dejo este interesante artículo del sitio de Julián Marquina donde pueden encontrar vínculos a 18 editoriales que están ofreciendo gratis sus libros electrónicos durante este periodo. ¡Gracias también a ellos por su generosidad!

Vida de viajes o el viaje de la vida

Los Errantes, Olga Tokarczuk
“Los Errantes”, Olga Tokarczuk. Anagrama (2019). Traducción: Agata Orzeszek. ISBN: 978-84-339-4105-3

“Los Errantes”, de Olga Tokarczuk, Premio Nobel de Literatura 2018, es un libro extraño pero hermoso. Aunque tiene una narradora, no es una novela tradicional; aunque su lenguaje está colmado de bellas y sugerentes imágenes, no es un poema; y aunque desmenuza con precisión quirúrgica el tema del viaje, tampoco es un ensayo. Es quizás todo lo anterior y en eso radica su originalidad y su atractivo.

Visto al microscopio, es un libro compuesto por múltiples historias, anécdotas, reflexiones, textos largos y cortos. A ratos se lee como un recuento de memorias; a ratos, como relatos aparentemente sin conexión entre sí pero que intuimos que se relacionan con la idea del movimiento, de ese cambio constante del que nadie escapa -ya lo decía Heráclito hace miles de años y Machado hace menos tiempo- y que algunos buscan acelerar yendo al encuentro de nuevas realidades, situaciones y lugares; en una palabra, viajando.

Juguetona y a la vez elegante, la voz de la narradora otorga una buena dosis de unidad a este fragmentado texto que nos hace saltar de un lugar a otro, a veces de un siglo a otro. Ella es una errante, una de esas personas que no echan raíces: “No me nutro de la savia de la tierra, (…) Mi energía es generada por el movimiento”. Es una viajera empedernida que, además, dice tener un “síndrome” que la hace ir hacia todo lo defectuoso, lo imperfecto, lo roto, todo lo que se aparta de la norma; tiene la convicción de que es “ahí donde el verdadero ser sale a la superficie y revela su naturaleza” y eso es lo que busca en sus viajes.

Historia tras historia, la acompañamos en sus peregrinaciones que van siempre “en pos de otro peregrino”; uno malogrado, hecho pedazos. Algunos relatos están narrados en primera persona, escenas que vivió en hoteles, aeropuertos, trenes, salas de esperas, encuentro con viajeros singulares o conversaciones oídas al pasar. Un verdadero gabinete de curiosidades: discusiones con ictiólogos creacionistas, con personas que viajan a lo largo del meridiano cero y muchas más, así como experiencias raras como la de esa llave de hotel de la pieza número 9 que todos pierden, y ella también. Todo esto, entreverado con fragmentos de las charlas que, en un aeropuerto, da una pareja de científicos muy serios sobre “la Psicología del viaje”, en un registro que desentona con el ánimo de los pasajeros y que hace ver la situación a ratos bastante cómica.

También hay relatos en tercera persona, historias que para mi gusto son las mejor logradas del libro y donde Tokarczuk nos transporta a universos tan disímiles como cautivantes. La de aquella mujer que desaparece con su hijo en una isla por tres días durante sus vacaciones, para desesperación y obsesión de su marido; la de la madre que abandona a su atribulada familia y se pasa el tiempo viajando en una misma línea del metro sin salir a la luz del día; o la del conductor de un ferry que hace el mismo trayecto en línea recta, llevando y trayendo pasajeros desde y hacia una isla hasta volverse loco.

La isla es ciertamente un tema recurrente, lo mismo que los mapas y el cuerpo humano. Cartografía y anatomía se mezclarán así en varias de estas historias de peregrinos antiguos y presentes. Todos viajan de un punto a otro y en el proceso, transforman su noción del tiempo intermedio, esa especie de limbo o tiempo insular; el tiempo del viajero que parece ser distinto al del que no está en movimiento.

Invita a la reflexión esta singular y bella lectura que la misma autora llamó “novela de constelación”. Surge inevitablemente la pregunta de por qué viajamos. ¿Qué queremos encontrar? ¿El objetivo va cambiando durante el trayecto? ¿Qué conservamos de nuestros viajes? Continuar leyendo “Vida de viajes o el viaje de la vida”

Aprender de los que acogen la diferencia

Andrew Solomon, Lejos del Arbol
“Lejos del Arbol”, Andrew Solomon. Debate (2014). Traducción: Joaquín Chamorro Mielke y Sergio Lledó Rando. ISBN:978-84-9992-456-4

La revista Reflector aborda en el número 1 de su edición Europa el tema de la intolerancia y la exclusión desde la perspectiva de diferentes disciplinas humanistas, entre ellas la literatura.

Les dejo el artículo que escribí para esta publicación, donde comento el excelente libro de Andrew Solomon, “Lejos de Arbol” (Debate, 2014).

Se trata de una obra imperdible, de una humanidad desbordante, que recomiendo a todos quienes quieran aprender de los que han sabido a acoger y querer la diferencia en sus propias familias.

Lee el artículo de Reflector pinchando aquí.

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A mi padre lector, ¡feliz cumpleaños!

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Foto: Gaelle Marcel en Unsplash

¿De dónde nos viene el gusto por la lectura? ¿Se hereda, se adquiere o se nace con él? ¿Se “respira” en la casa, se aprende de un maestro o nos llega por pura casualidad, gracias a un libro que nos enganchó en un momento crítico? Yo diría que es un poco de todo, pero me atrevo a afirmar que, en la mayoría de los casos, nos contagiamos con este bichito desde niños y que siempre hay una persona clave a quien agradecerle que nos enamoremos de los libros.

En mi caso, esa persona es mi papá y, sí, adivinaron que todo este preámbulo es una buena excusa para hablar de él, porque hoy cumple 80 años y se merece un homenaje. Así es que, permítanme esta entrada más personal de lo que suelo escribir en mi blog, pero pienso que viene absolutamente al caso, ya que precisamente su título “El gusto de leer” se lo debo a él.

Si con mi madre aprendí a amar la música, mi papá me enseñó a disfrutar de la lectura. Aprendí a leer con el Silabario Hispanoamericano -¡horror, estoy revelando mi edad!- pero mis primeros pasos en la literatura los di zambulléndome en las aventuras del Pato Donald y sus sobrinos y riendo con las rabietas del Tío Rico que tan bien retrataba la revista “Patolandia” que mi papá me compraba religiosamente apenas salía a la venta en quioscos. “Condorito” era otra infaltable, sobre todo cuando leíamos juntos los chistes y él imitaba a Pepe Cortisona o le hacía voces a Garganta de Lata.

Crecí en una época sin pantallas -salvo la del único televisor en blanco y negro de la casa, que transmitía a partir del medio día-, pero no creo que esa fuera una condición suficiente para abrazar la lectura; basta ver que muchos niños de aquella época hoy no son adultos lectores, y también conozco niños actuales que, pese a tanta pantalla disponible, son ávidos consumidores de libros. En mi caso, leer era una experiencia entretenida que desde temprana edad asocié con buenos momentos con mi padre; a veces incluso no hacía faltar leer, bastaba que me contara algún cuento antes de dormirme, para inculcarme para siempre el gusto por una buena historia. Fue así como recién en la secundaria me di cuenta de que, sin saberlo, ya había “leído” una buena parte de “Don Quijote de la Mancha”, ya que las desventuras de la princesa Micomicona y las aventuras de Sancho en la Insula Barataria habían sido relatos frecuentes de mi padre en esos días de infancia.

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Leila Guerriero retrata a Bruno Gelber

L. GuerreiroDe las mil formas que existen de contar una historia, Leila Guerriero sabe encontrar aquella que atrapa desde la primera línea por su energía precisa y su lenguaje vivo; esa que sugiere a través de una prosa inteligente y percute por su veracidad a toda prueba. Eso y mucho más queda en evidencia en “Opus Gelber, retrato de un pianista” (2019), su nuevo libro, donde la periodista argentina nos invita a descubrir al gran músico Bruno Gelber con una mirada nueva, gracias a una inmersión total en el mundo pluri-facético de este artista, con la esperanza de recabar suficientes elementos que permitan esbozar una imagen, por esquiva que sea, de su persona. Tarea nada fácil, pero el viaje realmente vale la pena.

Y es que de buenas a primeras no parece sencillo retratar de manera original a un artista como Bruno Leonardo Gelber -considerado uno de los cien mejores pianistas del siglo XX-, sin caer en la reiteración, el lugar común o una descripción wikipédica de sus enormes logros musicales.

Guerriero se plantea de otra forma. Su texto se basa en el dato duro, la fecha exacta, la información precisa; por supuesto. Pero su arte consiste en dar cuenta de todo ello de modo tal que nos parece estar viendo, escuchando y hasta oliendo a Gelber en el living de su casa.

Y no se queda ahí. La mirada aguda de esta maestra del periodismo narrativo latinoamericano va más allá; perspicaz y sutil, aspira a “ver, en lo que todos miran, algo que no todos ven”, una de sus consignas bases. Detalle a detalle, por nimio que sea, el retrato se va componiendo. Surge así una imagen novedosa y compleja -en las antípodas del estereotipo- de este misterioso artista, aclamado por la crítica musical por más de seis décadas.

Aparte de un reporteo y un trabajo de documentación colosal, la materia prima central de este libro está formada por las horas y horas de entrevistas que Guerriero sostuvo por casi un año con el pianista argentino en su departamento ubicado en el popular barrio de Once en Buenos Aires, donde él se instaló después de casi toda una vida en Europa codeándose con la elite musical y la alta sociedad del lugar. Allí conversan durante largas veladas, solos y acompañados; presencia clases con uno de sus alumnos, cena con él y sus amigos y es testigo de muchas escenas de su vida doméstica.

Para ver eso “que no todos ven”, el método de Leila Guerriero es hacerse invisible, dejar que el entrevistado cuente, haga, gesticule, coma y calle como si ella no estuviera ahí. La voz que más se escucha, por ende, es la de Bruno Gelber, quien hace su entrada en el texto con un:

“- ¡Tesssoro! -dice exagerando la ese mientras tracciona con las manos sobre los apoyabrazos y luego con los puños sobre la mesa para levantarse.

– No te levantes, no hace falta.

– Mirá si me vas a mandar vos a mí – dice en un tono de reconvención jocosa, y se yergue sobre sus brazos de Atlante.

– Sentate, pichona”    

Pichona, Rulito, Maravilla, son algunos de los sobrenombres con los que Gelber, con el transcurrir de las páginas, llamará a la periodista, con la que claramente se establece una relación de respeto y confianza mutuos. Recorrerá en idas y venidas su vida entera: su concierto a los cinco años, el primero de los más de cinco mil que ha tocado; la poliomielitis que lo atacó a los ocho y que le dejó la pierna izquierda mala para siempre; su relación con su madre; sus estudios con Scaramuzza; sus años en Europa; sus amores; sus cirugías estéticas; el accidente que le dañó una mano y le obligó a aprender todo de nuevo a los 60 años.

Guerriero es curiosa, pero sabe preguntar lo justo, sin protagonismo. Más que nada, observa y registra. Al relatar, sus descripciones son tan vivas y sus adjetivos tan efectivos que dan ganas que su lectura fuera un virus para contagiarse un poquito: el silencio de las calles es “neutrónico”; el edificio donde vive Gelber es de dimensión “fritzlanguiana”; el entorno en el barrio de La Boca, de urbanidad “batmaniana”; el pelo de Gelber “gaseoso” y algunas de sus réplicas tienen “velocidad de sitcom”. Continuar leyendo “Leila Guerriero retrata a Bruno Gelber”

Madre singular en tiempos difíciles

20181212-DSC04239Sugerente título el del libro de la escritora alemana Angelika Schrobsdorff, “Tú no eres como otras madres”, donde relata la vida de su progenitora, Else, durante la primera mitad del siglo XX en Alemania, guerras mundiales y locos años veinte berlineses incluidos. Tal y como se plantea la frase, ésta promete una historia única de un personaje especial, distinto a otros de su época, a la vez que insinúa un diálogo no banal entre hija y madre, o al menos una mirada introspectiva a una relación compleja de parte de aquélla, quien con ese “tú” indica que le habla directamente a la mamá tan peculiar, como si tuviera algo importante que decirle.

Reconozco lo subjetivo del asunto, pero esas eran al menos mis expectativas al comenzar a leer esta obra, publicada en 1992 en alemán, con gran éxito de ventas, y que recién fue traducida al español en 2016.

En lo primero, el relato no defrauda. La historia de Else Kirschner es en efecto fascinante; una vida cargada de decisiones extremas, guiadas por su inconformismo y ansias de liberación -sexual, religiosa, social, etc.- y una búsqueda de independencia a ultranza, que ya sea por su propia falta de foco o por el excepcionalmente dramático contexto político y social que le tocó vivir, se ven fatalmente truncadas.

En ese sentido, el título no desilusiona. Por el lado de la relación madre-hija, sin embargo, la lectura me dejó gusto a poco. Conoceremos la vida de Else y una parte importante de la de Angelika, nos enteraremos del fuerte apego inicial y las posteriores quejas de una contra la otra, pero, salvo en breves párrafos, no llegaremos a escuchar a la hija reflexionando de manera introspectiva sobre su complejo vínculo, como lo hace, por ejemplo, Vivian Gornick en sus memorias que reseñé hace un tiempo. La promesa del título, entonces, amenaza con quedar incumplida y, al menos en lo que a mí respecta, algo decepcionada.

Nacida de una familia judía y tradicional del Berlín de principios del siglo XX, la joven Else Kirschner no quiere ser ni lo uno ni lo otro. Contra la voluntad de sus padres, se casa con un escritor no judío, con quien tiene a su primer hijo y quien muy pronto la engaña con varias de sus amigas. Momento de quiebre y recomposición en nuevo formato, para dar paso a un matrimonio “abierto”, donde ambos terminan viviendo en la misma casa con sus respectivos amantes, todos anfitriones de fiestas que parecen sacadas de una escena de algún cuadro de Georg Grosz.

Cuenta Angelika que su madre se lanzó a los dorados años 20 “y se lo llevo todo: la cultura y el vicio”. Berlín es en ese entonces una ciudad vibrante, liberada de las rigideces y la disciplina prusiana de la era imperial que había sido derrotada en la primera guerra mundial. La creatividad desborda y las artes buscan nuevas formas de expresión. Es un periodo riquísimo en lo cultural: la época del Bauhaus, de la nueva objetividad, del dadaísmo y del fox-trot; del cine de Fritz Lang y de Murnau, de las obras de Brecht, la música de Kurt Weill y los inicios de Marlene Dietrich.

Berlín es también la capital europea de la vida nocturna, donde las mujeres fuman y toman; bailan y aman a quienes ellas elijan, todo muy bien retratado por Schrobsdorff en la persona de Else, quien se lanza sin freno a disfrutar la nueva libertad de los tiempos. Su objetivo personal: vivir la vida con la máxima intensidad y tener un hijo con cada hombre que ame. Tres fueron los hombres, ninguno judío como ella, y tres los hijos: Peter, Bettina y Angelika, la menor.

La primera parte del libro da cuenta de manera detallada de la intensidad que Else imprime a esta búsqueda del placer que a poco andar ya no era ni tan revolucionaria ni tan contracorriente. Una gran bandada nadaba en el mismo sentido, absolutamente ajenos al mundo real, político y social que los rodeaba. La fragilidad de la naciente república de Weimar, el alto desempleo, la hiperinflación, los asesinatos políticos, nada de eso figura en las numerosas cartas de su madre de esa época, para indignación (retrospectiva) de la hija.

La crítica de Schrobsdorff se acentúa ante la pasividad de su madre y de la mayor parte de su círculo -casi todos no judíos- frente al ascenso al poder del nazismo. Mientras Hitler despoja de derechos y persigue a los ciudadanos alemanes de origen judío, las cartas de Else en el año 1935 hablan de los juegos de petanca en su casa en Pätz, o de las múltiples amantes de Erich, su segundo marido, alemán “ario” y de gran fortuna, padre de Angelika. Ninguno de los dos percibe a tiempo la amenaza; Else se siente segura en su calidad de judía “asimilada” y no atiende a las advertencias de amigos que emigran a Palestina; tampoco cree necesario poner a salvo a sus propios padres -su madre morirá en el campo de concentración de Theresienstadt- y prefiere ocultar a sus hijas su calidad de medio judías.

“Hay momentos en que dudo del sano juicio de mi madre y sus amigos”, se queja la autora, cincuenta años más tarde. No comprende semejante “credulidad, rayana en la obnubilación mental” cuyas consecuencias deberán enfrentar en 1938, cuando ya sea tarde y ella, su hermana y su madre deban emigrar a Bulgaria, perseguidas, en la pobreza y casi total abandono. Continuar leyendo “Madre singular en tiempos difíciles”

Conviviendo con el enemigo

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A primera vista, “El Adversario” es el detallado y bien investigado relato que hace Emmanuel Carrère de un espeluznante caso ocurrido en 1993, en Francia, donde casi veinte años de mentiras llevan a un falso médico a asesinar a su familia y destruir la confianza de toda una comunidad. Sin embargo, y como suele ocurrir con sus libros, este premiado escritor y periodista francés va más allá, y con gran sutileza nos abre la puerta a una reflexión potente sobre el mal (ese “adversario” al que se refiere el título), la verdad de cada individuo y los extremos a los que se puede llegar para ocultar lo que no nos es grato mirar de nosotros mismos. La puerta está abierta, cada uno es libre de pasar por ella.

Jean-Claude Romand comenzó a mentir a los 18 años. Hizo creer a todo su entorno que se había recibido de médico, cuando en realidad había abandonado los estudios en segundo año de facultad. Tenía convencidos a su esposa, familia y amigos que trabajaba en la Organización Mundial de la Salud en Ginebra y que hacía clases en la Universidad de Dijon, pero se pasaba los días caminando por los bosques del Jura o sentado en su auto en estacionamientos de centros comerciales. Estafaba a familiares y amigos a quienes convencía para que le confiaran sus ahorros, que él los “invertiría” en la plaza suiza, cosa que por supuesto no hacía. Llegó incluso a venderle, por una cuantiosa suma, a un tío enfermo de cáncer una supuesta droga de punta a la que decía tener acceso y que auguraba su rápida recuperación. Todo, una gran mentira.

Más que una doble vida, Romand tenía, por un lado, una vida inventada y, del otro, nada, el vacío. Nadie, sin embargo, parecía darse cuenta; todos creían en él, era respetado. El comienzo del fin se produjo cuando algunos de sus “inversionistas” empezaron a pedir sus retornos y él se vio acorralado.

La mañana del sábado 9 de enero de 1993, Jean-Claude Romand mató a su mujer Florence, y a sus hijos Antoine y Caroline. Más tarde fue a almorzar con sus padres y, después de comer, los mató a ambos y también al perro. El mismo día intentó atacar a su ex amante, sin éxito. De regreso a su casa, ingirió unos barbitúricos expirados y se tendió en la cama, sin olvidar antes de prender fuego al inmueble. Jean-Claude Romand sobrevivió al incendio. Fue juzgado y condenado a cadena perpetua, la que sirve hasta el día de hoy (hace apenas un mes su solicitud de libertad condicional, luego de 25 años de cárcel, fue denegada). Toda Francia se horrorizó ante sus crímenes y se develó la gran mentira que fue su vida.

Hasta ahí el resumen del acucioso y ágil relato que hace Carrère de este caso, fruto de una ardua labor de investigación periodística: entrevistas con sus amigos y visitas a su entorno; asistió al proceso, entrevistó al abogado defensor, estudió a fondo el kilométrico sumario y, lo más relevante, conversó y se escribió por mucho tiempo con el mismo Jean-Claude Romand, quien ya en prisión se convirtió en una especie de interno modelo, volcado a la oración.

Al igual que todo el público que leyó los periódicos de la época, Carrère se fascinó con el caso, ¿Cómo se puede vivir tanto tiempo con alguien y no sospechar nada? ¿Qué pensaba el falso médico durante esos paseos por el bosque? ¿Por qué inició una mentira, si tenía la capacidad y los recursos para haberse recibido de médico? Un sinfín de preguntas que el escritor/periodista trata responder durante su investigación y, en buena parte, lo logra.

Ocurre, sin embargo, que esta fascinación que Carrère experimenta por estos hechos lo complica; lo incomoda, incluso siente vergüenza ante sus hijos “porque su padre escribiese sobre aquello”. Es así como este debate interno del escritor -quien es a la vez narrador- y sus reflexiones frente al caso se convierten en la segunda hebra que recorre el texto y se va intercalando con el recuento de la vida de Romand. Continuar leyendo “Conviviendo con el enemigo”

Robert Capa, el fotógrafo que fue escritor

Fin de año y balance obliga. Decidí, sin embargo, ahorrarme listas y recuentos e ir directamente al grano con la reseña de un libro que -sin ser ni el mejor ni el peor que leí este año- me impresionó de manera especial en 2018, por ser un relato fresco y ameno que, al mismo tiempo, logra transmitir un profundo testimonio del dolor humano sin sentimentalismos ni obviedades, lo que hace de él una lectura inolvidable.

20181230-Robert CapaSe trata de “Slightly Out of Focus” (“Ligeramente desenfocado”), del casi mítico Robert Capa, un fotógrafo que quería ser escritor, pero que, en vez, se convirtió en el corresponsal de guerra más famoso del siglo XX, una leyenda del periodismo fotográfico, creador -junto a Henri Cartier-Bresson, Chim y otros famosos-, de la agencia Magnum, y quien, de paso, nos dejó estas breves, aunque elocuentes memorias de su trabajo en el frente occidental durante la segunda guerra mundial.

El relato de Capa cubre el periodo entre 1942 y 1945, en el que fotografió la guerra para la revista Collier’s y luego para Life, en Inglaterra, Norte de Africa, Italia, Francia y Alemania. Si ya pone los pelos de punta mirar las icónicas fotografías que tomó el 6 de junio de 1944, cuando desembarcó en la primera ola de botes, mezclado con las tropas aliadas en las playas de Normandía, leer su descripción de las seis horas que pasó en el agua o enterrado en las arenas francesas, parapetado tras algún tanque o cualquier objeto que le permitiera esquivar la metralla alemana, sin más arma que su cámara Contax, es una experiencia doblemente sobrecogedora que da nueva luz a sus históricas imágenes.

Si bien el libro contiene muchísimas fotografías, se trata de una obra para ser leída y les garantizo que la narración es apasionante. Capa tiene un estilo fluido, sencillo y directo que se lee fácil. Pese a lo trágico del escenario, su humor es uno de los aspectos que más me atrajo, sobre todo porque se manifiesta en un constante reírse de sí mismo. En efecto, la leyenda del fotoperiodismo del siglo XX se auto describe casi como una figura picaresca, un antihéroe, un vividor simpático que no escatima astucias para vencer la burocracia de visas, pases y permisos o para conseguir una buena botella de brandy, pero que al final del día sabemos que hará su trabajo con el máximo profesionalismo y creatividad.

Ameno y amistoso, la fama ganada con sus reportajes de la guerra civil española no parece que se le haya ido a la cabeza. Al contrario, en este libro, Capa no duda en retratarse en situaciones ridículas, como cuando decide “pasar al baño” detrás de un cactus en el norte de Africa, sin reparar que está parado en medio de un campo minado. Sin poder moverse ni para subirse los pantalones, debe esperar a que venga un equipo de detectores de minas para sacarlo de su impasse, convirtiéndose en el hazme reír de colegas y soldados por un par de días. La historia, sin embargo, es trágicamente premonitoria, ya que Capa muere en 1954, a los 40 años, cubriendo el conflicto de Indochina justamente por pisar un campo minado. Continuar leyendo “Robert Capa, el fotógrafo que fue escritor”

Sobrevivir a esos apegos que ahogan

Las madres tóxicas existen y Vivian Gornick tuvo una. La periodista, autora y activista feminista estadounidense la describe en su libro autobiográfico “Apegos Feroces” de manera magistral: su manipulación, su chantaje emocional, sus escenas melodramáticas y sus deseos de control sobre sus hijos por los que dice haber dejado todo y a quienes luego acusa de odiarla.

Fuerte situación, pero Gornick no sucumbe. Observa y absorbe; resiste y escapa; vive y vuelve con sabiduría e introspección -y una buena dosis de amor- a pasear de la mano de su madre ya anciana por las calles de Manhattan. La clave de este proceso, según ella misma cuenta en otro de sus libros -“The Situation and the Story, The Art of Personal Narrative” (2001)-, fue reconocer, luego de décadas de búsqueda de sí misma, que “no podía dejar a mi madre porque me había convertido en mi madre”. El camino hasta llegar a esta conclusión es pues, la verdadera historia de estas memorias, publicadas en inglés en 1987 pero que recién fueron traducidas al español en 2017 por Daniel Ramos Sánchez.

Se trata de una historia de “embrollo psicológico” según su propia autora, entretenida y cautivante, pese a que nada de lo que relata se sale demasiado de lo común y cotidiano en la vida de una familia donde madre e hija se llevan a las patadas.

Corre la primera parte de la década de los 40 y la niña de 8 años, Vivian Gornick, vive con sus padres y un hermano en un hacinado bloque de edificios de clase obrera en el Bronx, mayoritariamente judío, donde el máximo signo de status es tener un “apartamento de fachada”, es decir con ventanas que den hacia la calle. La mayor parte de la actividad se desarrolla, sin embargo, en los patios interiores, donde las mujeres se gritan de una ventana a otra, chismorrean, ríen y tienden la ropa a secar en largas cuerdas que cuelgan entre edificio y edificio. Todo el espacio, lleno de mujeres: “Apenas recuerdo a ningún hombre. Estaban por todas partes, claro está -maridos, padres, hermanos-, pero solo recuerdo a las mujeres”, relata Gornick.

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