Conviviendo con el enemigo

Adversario 1 (2)

A primera vista, “El Adversario” es el detallado y bien investigado relato que hace Emmanuel Carrère de un espeluznante caso ocurrido en 1993, en Francia, donde casi veinte años de mentiras llevan a un falso médico a asesinar a su familia y destruir la confianza de toda una comunidad. Sin embargo, y como suele ocurrir con sus libros, este premiado escritor y periodista francés va más allá, y con gran sutileza nos abre la puerta a una reflexión potente sobre el mal (ese “adversario” al que se refiere el título), la verdad de cada individuo y los extremos a los que se puede llegar para ocultar lo que no nos es grato mirar de nosotros mismos. La puerta está abierta, cada uno es libre de pasar por ella.

Jean-Claude Romand comenzó a mentir a los 18 años. Hizo creer a todo su entorno que se había recibido de médico, cuando en realidad había abandonado los estudios en segundo año de facultad. Tenía convencidos a su esposa, familia y amigos que trabajaba en la Organización Mundial de la Salud en Ginebra y que hacía clases en la Universidad de Dijon, pero se pasaba los días caminando por los bosques del Jura o sentado en su auto en estacionamientos de centros comerciales. Estafaba a familiares y amigos a quienes convencía para que le confiaran sus ahorros, que él los “invertiría” en la plaza suiza, cosa que por supuesto no hacía. Llegó incluso a venderle, por una cuantiosa suma, a un tío enfermo de cáncer una supuesta droga de punta a la que decía tener acceso y que auguraba su rápida recuperación. Todo, una gran mentira.

Más que una doble vida, Romand tenía, por un lado, una vida inventada y, del otro, nada, el vacío. Nadie, sin embargo, parecía darse cuenta; todos creían en él, era respetado. El comienzo del fin se produjo cuando algunos de sus “inversionistas” empezaron a pedir sus retornos y él se vio acorralado.

La mañana del sábado 9 de enero de 1993, Jean-Claude Romand mató a su mujer Florence, y a sus hijos Antoine y Caroline. Más tarde fue a almorzar con sus padres y, después de comer, los mató a ambos y también al perro. El mismo día intentó atacar a su ex amante, sin éxito. De regreso a su casa, ingirió unos barbitúricos expirados y se tendió en la cama, sin olvidar antes de prender fuego al inmueble. Jean-Claude Romand sobrevivió al incendio. Fue juzgado y condenado a cadena perpetua, la que sirve hasta el día de hoy (hace apenas un mes su solicitud de libertad condicional, luego de 25 años de cárcel, fue denegada). Toda Francia se horrorizó ante sus crímenes y se develó la gran mentira que fue su vida.

Hasta ahí el resumen del acucioso y ágil relato que hace Carrère de este caso, fruto de una ardua labor de investigación periodística: entrevistas con sus amigos y visitas a su entorno; asistió al proceso, entrevistó al abogado defensor, estudió a fondo el kilométrico sumario y, lo más relevante, conversó y se escribió por mucho tiempo con el mismo Jean-Claude Romand, quien ya en prisión se convirtió en una especie de interno modelo, volcado a la oración.

Al igual que todo el público que leyó los periódicos de la época, Carrère se fascinó con el caso, ¿Cómo se puede vivir tanto tiempo con alguien y no sospechar nada? ¿Qué pensaba el falso médico durante esos paseos por el bosque? ¿Por qué inició una mentira, si tenía la capacidad y los recursos para haberse recibido de médico? Un sinfín de preguntas que el escritor/periodista trata responder durante su investigación y, en buena parte, lo logra.

Ocurre, sin embargo, que esta fascinación que Carrère experimenta por estos hechos lo complica; lo incomoda, incluso siente vergüenza ante sus hijos “porque su padre escribiese sobre aquello”. Es así como este debate interno del escritor -quien es a la vez narrador- y sus reflexiones frente al caso se convierten en la segunda hebra que recorre el texto y se va intercalando con el recuento de la vida de Romand.

Carrère se plantea a sí mismo frente al asesino, frente a las atrocidades que este cometió y que lo llevaron a la cárcel de por vida y se resiste a aceptar lo que algunos quieren ver como su transformación en la prisión. No lo dice explícitamente, pero al menos no contradice a otra periodista que también cubrió el proceso, cuando esta afirma que sería mejor una “lucidez dolorosa” de parte de Romand, esto es, que llegara a fondo de su verdad por dura que sea contemplarla, en lugar de la “ilusión aplacadora” que le ofrecen quienes ven en él el “gran pecador que expía sus culpas rezando rosarios” y le tienden así un nuevo personaje que interpretar, al igual que ha interpretado otros en su vida.

¿Una nueva mentira? ¿Quién engaña y quién es el engañado? ¿Romand? ¿El adversario, el mal? El misterio queda abierto, aunque no habría que olvidar que, al fin y al cabo, se trata de alguien (Romand) con un trastorno narcisista de la personalidad, para quien la mentira es la forma que tiene de asegurarse de que la imagen de sí mismo que quiere proyectar llegue a destino. Sabe que la realidad es otra, pero no está seguro de conocer quién de verdad es él. Una paradoja el hecho que, si bien desde el principio del libro se conoce el nombre del asesino, hasta el final no sabemos realmente quién es Jean-Claude Romand, porque ni él lo sabe.

Ambos relatos, el del caso Romand y el del debate y reflexión internos de Carrère, son fascinantes, tanto más porque ocurrieron en la realidad.  La idea de hacer literatura basada en hechos reales viene ocurriendo hace siglos y la de relatarlos usando herramientas de la literatura tampoco es nueva. Rodolfo Walsh, Norman Mailer, Truman Capote, entre muchos otros, le dieron forma de movimiento –“nuevo periodismo”- a este género en los años 60, con variantes que se desarrollan hasta el día de hoy en diferentes estilos de periodismo literario o narrativo.

De hecho, se ha comparado a “El Adversario” con “A sangre fría” de Truman Capote, escrito en 1966, donde también se relata el brutal asesinato de una familia en Kansas, Estados Unidos. Carrère, sin embargo, adapta esta literatura de no-ficción a su propio estilo y la hace única al involucrarse él como narrador en primera persona de la historia. El forma parte del relato. Nos cuenta cómo reporteó el proceso, qué conversaba con sus colegas, cómo contactó a Romand y el contenido de sus cartas y conversaciones. De boca de Emmanuel Carrère conocemos cómo se relaciona con los hechos, con sus actores, así como las reflexiones y sentimientos que aquellos le provocan, por contradictorios que sean, con toda transparencia.

¿Afán de protagonismo de parte del autor? Creo más bien que se trata de una prueba de su honestidad como escritor y periodista el que reconozca que no ve otra forma de relatar esta historia. Según cuenta en las páginas de “El Adversario”, pasaron seis años antes de encontrar el punto de vista adecuado para contarla y comenzar a escribir. Buscaba conservar la objetividad, pero se dio cuenta que “ser objetivo, en un asunto como éste, es ilusorio”. Intentó el relato desde la voz de Luc, el amigo de Romand, sin éxito. Este le sugirió incluso que narrara desde el punto de vista de los perros que había tenido durante su vida, idea que le pareció graciosa pero inútil. Contarlo desde el punto de vista del asesino fue también descartado de plano, dada la imposibilidad del mismo Romand de encontrar su verdad, de decir “yo” respecto de sí mismo.

En materia de literatura de no-ficción, Emmanuel Carrère no cree que sea posible ponerse en el lugar del otro -para contar la historia-, ni tampoco le parece que haya que hacerlo. “Solo se puede ocupar el propio lugar lo mejor posible y decir que uno trata de imaginarse cómo es ser esa otra persona, pero es uno el que está imaginando”, según señaló en una entrevista en The Paris Review, en 2013. Eso es lo que hizo en “El Adversario” y de ahí en adelante se transformó en el sello de sus obras de no-ficción que siguieron: “Una novela rusa” (2007), “De vidas ajenas” (2009), Limonov (2011) y El Reino (2014).

La obra de Emmanuel Carrère es vasta, de temáticas muy variadas y su estilo tan personal nunca deja de sorprender. Llegué a leer a este autor a sugerencia de mi padre, quien me recomendó “El Reino”, un contundente libro, muy diferente al que comento esta vez, pero no menos fascinante, en el que el escritor intercala el relato de los primeros años del cristianismo, en particular la vida de Pablo y de Lucas evangelista, con su propio proceso de vivencia y pérdida de la fe. También fue mi papá quien me recomendó (y regaló) “El Adversario” luego de una larga y entretenida sobremesa veraniega, durante mi último viaje a Chile, en que disfrutamos conversando de libros, de lo divino y de lo humano. Una excelente lectura que por mi parte tampoco dudo en recomendar.

 

Título: “El Adversario”

Autor: Emmanuel Carrère

Editorial: Anagrama, 2000

Traducción: Jaime Zulaika

ISBN: 978-84-339-7715-1

Número de páginas: 172

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