Cuando la vida imita a las leyendas

Hace mucho que quería leer a Orhan Pamuk, prolífico escritor turco, Premio Nobel de Literatura 2006 (¿se acuerdan de las épocas cuando se daban premios Nobel de Literatura, aunque esa es otra historia?). La opción era enorme, pero decidí partir de atrás para adelante, con su más reciente novela “La Mujer del Pelo Rojo”. No me arrepiento.

20181202-IMG_0034 (2)El relato se inicia bajo la apariencia de un Bildungsroman, una novela de aprendizaje que narra el paso del joven Cem a la adultez; pero ojo, que las apariencias engañan y al avanzar la lectura, la historia adquirirá nuevos matices que la alejarán de lo que en un principio pensamos que era.

Corre 1985, el chico de 16 años quiere ser escritor, pero por sobre todo, anhela el amor de su padre, quien, tras varias desapariciones por razones políticas, finalmente los abandona a él y su madre para rehacer su vida con otra mujer. Con la idea de juntar dinero para entrar a una academia que lo prepare para la universidad, Cem pasa ese verano trabajando con un pocero a las afueras de Estambul, cavando un pozo que arranque agua de esas áridas tierras.

La técnica es ancestral, se cava a mano, palada por palada; un trabajo duro. El pocero, Mahmut Usta, es exigente, pero cuida a Cem, le enseña como a un aprendiz, lo trata como a un hijo y el joven comienza a apreciarlo a su vez como a un padre. Excavan de día y en la noche se cuentan historias. Cuando faltan suministros, bajan al pueblo más cercano a comprarlos y es ahí donde el joven divisa por primera vez a la mujer del pelo rojo. Esta actriz de la tropa de teatro itinerante “Leyendas Ejemplares”, casi 20 años mayor que él, va a desatar en Cem una verdadera obsesión, un amor juvenil que terminará por marcar el resto de su vida.

El sol quema, el agua es esquiva y cada día parece una eternidad; el chico solo piensa en bajar al pueblo y saciar su obsesión, pero la espera lo tortura. Pamuk transmite con maestría una impaciencia casi eléctrica, una tensión creciente, una tragedia en ciernes que se desata con furia indecible al final de la primera parte del libro -la más lograda a mi juicio de las tres que componen la novela-  y tiñe de calamidad las páginas que seguirán.

De ahí en adelante, el ritmo del relato cambia y se vuelve algo inestable; la narración va alternando hechos que se suceden con gran rapidez, con largas reflexiones del protagonista que desaceleran la acción. El suspenso en que ha acabado la primera parte, sin embargo, hace imposible abandonar su lectura y nos impele a continuar.

No quiero revelar demasiado de los sucesos que siguen, pero cabe destacar que la estructura de esta novela está diseñada de manera inteligente con múltiples hilos que se tocan, se enlazan y anudan sin vuelta a atrás. Hebras claves en esta trama son la historia de “Edipo Rey” de Sófocles, por un lado y, por otro, la de Rostam y Sohrab del poeta persa Ferdousí capturada en la obra “Shahnameh”. Parricidio el primero, filicidio el segundo, ambos relatos llegan, con el paso de los años, a absorber los pensamientos del ahora ingeniero y empresario Cem y hacen las veces de marco alegórico a la melancolía, miedos y culpas que el protagonista relata de manera bastante cándida durante la segunda parte de la novela. Continuar leyendo “Cuando la vida imita a las leyendas”

Sobrevivir a esos apegos que ahogan

Las madres tóxicas existen y Vivian Gornick tuvo una. La periodista, autora y activista feminista estadounidense la describe en su libro autobiográfico “Apegos Feroces” de manera magistral: su manipulación, su chantaje emocional, sus escenas melodramáticas y sus deseos de control sobre sus hijos por los que dice haber dejado todo y a quienes luego acusa de odiarla.

Fuerte situación, pero Gornick no sucumbe. Observa y absorbe; resiste y escapa; vive y vuelve con sabiduría e introspección -y una buena dosis de amor- a pasear de la mano de su madre ya anciana por las calles de Manhattan. La clave de este proceso, según ella misma cuenta en otro de sus libros -“The Situation and the Story, The Art of Personal Narrative” (2001)-, fue reconocer, luego de décadas de búsqueda de sí misma, que “no podía dejar a mi madre porque me había convertido en mi madre”. El camino hasta llegar a esta conclusión es pues, la verdadera historia de estas memorias, publicadas en inglés en 1987 pero que recién fueron traducidas al español en 2017 por Daniel Ramos Sánchez.

Se trata de una historia de “embrollo psicológico” según su propia autora, entretenida y cautivante, pese a que nada de lo que relata se sale demasiado de lo común y cotidiano en la vida de una familia donde madre e hija se llevan a las patadas.

Corre la primera parte de la década de los 40 y la niña de 8 años, Vivian Gornick, vive con sus padres y un hermano en un hacinado bloque de edificios de clase obrera en el Bronx, mayoritariamente judío, donde el máximo signo de status es tener un “apartamento de fachada”, es decir con ventanas que den hacia la calle. La mayor parte de la actividad se desarrolla, sin embargo, en los patios interiores, donde las mujeres se gritan de una ventana a otra, chismorrean, ríen y tienden la ropa a secar en largas cuerdas que cuelgan entre edificio y edificio. Todo el espacio, lleno de mujeres: “Apenas recuerdo a ningún hombre. Estaban por todas partes, claro está -maridos, padres, hermanos-, pero solo recuerdo a las mujeres”, relata Gornick.

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¿Existe el tiempo? El tiempo somos nosotros

20180922-DSC04085El tiempo nos inquieta. A veces nos falta; otras, nos parece que pasa tan lento. De jóvenes, sentimos que nos queda mucho; más viejos, percibimos su finitud. En el intertanto, tratamos de disfrutarlo, de aprovechar el “momento presente”. ¿Cómo se explica entonces que, mientras las personas comunes y corrientes tenemos la absoluta certeza de vivir inmersos en el tiempo, la ciencia afirme que el presente en el universo no existe?  ¿Cómo es que percibimos el paso del tiempo si al parecer vivimos en un mundo sin tiempo?

Esta es la pregunta central que aborda el libro “El Orden del Tiempo”, de Carlo Rovelli, un físico teórico de pelo desordenado y una pasión contagiosa por intentar dilucidar los misterios del tiempo desde la rama a la cual ha dedicado su vida, la gravedad cuántica.  Al igual que otros grandes de la divulgación científica – Hawking, Sagan o deGrasse Tyson, por mencionar algunos -, el estilo de este renombrado investigador italiano es claro y didáctico, pero agrega además una perspectiva filosófica y humanista – a veces incluso poética – que me parece que completa su enfoque y lo acerca al lego. Lo hace resonar con fuerza a nivel personal al hacer compatible lo que hoy la ciencia sabe del tiempo en el universo con la mirada que de él se tiene desde nuestra condición humana.

Llegué a este libro después de ver una entrevista a Rovelli que pasaron por televisión hace unos meses. Su pasión y claridad me empujaron a hacer el intento de leerlo, tentada además por la promesa – tanto del periodista como del científico – de que serían 170 páginas de lectura accesible para alguien tan ignorante en física como yo.

Confieso que la tarea no fue tan fácil como pensé, pero sí absolutamente gratificante.

El libro se divide en tres partes, pero como en una novela policial, habrá que esperar a la Continuar leyendo “¿Existe el tiempo? El tiempo somos nosotros”

El arte de pintar la lectura

El libro y el acto de leer pueden dar origen a grandes obras de arte, sobre todo si el que sostiene el pincel se llama Fray Angélico, Pablo Picasso o Edward Hopper, por mencionar algunos de los pintores incluidos en “L’Art de Lire, de la Renaissance au XXe siècle”, de Editions Artlys, una verdadera joyita que encontré la semana pasada hurgando -¡sí, nuevamente!- en la tienda de un museo, esta vez, el Petit Palais en París.

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Jean-Jacques Henner, “La Liseuse” (1889-1890) Oleo sobre tela. París, museo nacional J-J Henner

En poco más de 70 páginas del tamaño de postales, este pequeño libro da cuenta de 30 pinturas realizadas por artistas desde el Renacimiento hasta el siglo XX: Van Gogh, Renoir, Durero, el Greco, Cézanne, Magritte y tantos otros que se dejaron llevar por alguna escena de lectura o de escritura y que, reunidos, constituyen un interesante elogio del libro a través del tiempo

Más que leerlo -aunque sí tiene buenos comentarios-, este libro se mira y se vuelve a mirar, una y otra vez, sin que canse. Porque pese a que el tema es el mismo, cada obra es un mundo diferente de colores, detalles e intenciones. Ordenadas cronológicamente, las pinturas van revelando el transcurrir de la historia, los cambios sociales y las nuevas prioridades de cada época a través de la mirada que cada artista da a este pequeño objeto, el libro, el cual va adquiriendo distintos contenidos, significados y usos con el paso de los siglos.

Así, las primeras obras son de carácter religioso y el libro por excelencia es la Biblia o el Libro de las Horas, que vemos en manos de la Virgen María, en varias escenas de la Anunciación, como la famosa de Fray Angélico (1425-1428) o de María Magdalena en la pintura de Piero di Cosimo (1501). Tanto en el Renacimiento como en el Barroco el libro es representado como objeto de atención de eruditos: San Agustín escribe en su estudio repleto de folios, en la obra de Carpaccio (1503-1507) y San Jerónimo traduce la Biblia en la pintura de Caravaggio (1605-1606), entre otros ejemplos.

Pasa el tiempo y ya los libros perfilados en las pinturas son más variados; se trata Continuar leyendo “El arte de pintar la lectura”

Paseando con Charles Dickens periodista

¡Me encantan las tiendas de museos! No puedo salir de una exhibición sin pasar por ahí e invariablemente encuentro algo original que comprar. Fue así que encontré este libro de Charles Dickens hace poco más de un mes, hurgando en la tienda del museo de Historia Natural de Londres, luego de visitar la muestra titulada “Life in the dark”, una fascinante exhibición sobre creaturas nocturnas de agua y tierra que estará abierta hasta enero próximo.

20181009-DSC04135Acomodado entre peluches de murciélagos y posa-vasos con forma de lechuza, el libro de Charles Dickens “Night Walks” (Paseos Nocturnos) me atrajo de inmediato, ya que con lo mucho que he disfrutado desde chica leyendo “David Copperfield”, “Grandes Esperanzas” y otras de sus novelas, jamás había escuchado de esta obra.

Se trata de un breve volumen de 112 páginas que tienen la cualidad de mostrarnos la propia voz del escritor victoriano a través de ocho relatos de no-ficción, una pequeña muestra de su vasta obra periodística que desempeñó durante toda su vida.

El título del libro -que justificó, supongo para mi suerte, venderlo a la salida de una exposición sobre animales nocturnos – corresponde al primer ensayo de la antología, escrito en 1860, donde Dickens narra sus caminatas nocturnas por Londres, única forma de enfrentar un grave insomnio que lo aquejaba por esa época. Entre medianoche y el alba, el escritor camina y observa una ciudad que “se revuelve y sobresalta antes de dormirse” hasta hundirse en un sosiego que Dickens -incapaz de dormir a esas horas- aprovecha para reflexionar sobre la soledad, el sueño del sano y la locura del insano, al tiempo que relata la pobreza y miseria que va observando a su paso.

Porque si sus novelas son famosas por retratar con gran realismo la situación de pobreza y vulnerabilidad en la Inglaterra victoriana, sus relatos periodísticos describen ya no a personajes ficticios, sino a personas de carne y hueso, trabajadores sin calificación en su mayoría, a los que él visita en sus casas y, para ponerlo en términos de nuestros tiempos, les pasa el micrófono para que cuenten su situación.

Así, en uno de los artículos escuchamos a la madre de una joven obrera que cuenta cómo esta muere de intoxicación por plomo, ya que trabaja por unos pocos peniques manipulando el metal; a la esposa de un calderero desempleado que explica lo poco que recibe ella por sus costuras, único sustento de su familia, después de pasar por los intermediarios; y a un cargador de carbón inválido cuya familia espera que el hijo mayor traiga algo esa noche, ya que no les queda nada para comer.

Parecen historias sacadas de sus novelas, pero, por el contrario, son parte de la realidad que alimentó a su ficción. En otro ensayo, describe las paupérrimas condiciones de la “Workhouse” (asilo para indigentes) de mujeres de Wapping, así como la expresión fantasmagórica de algunas ancianas residentes, las que recuerdan de inmediato a Miss Havisham, personaje que nacería por esa misma época en “Grandes Esperanzas”. Continuar leyendo “Paseando con Charles Dickens periodista”

Cuentos que no sueltan

Los relatos de “Pájaros en la boca y otros cuentos”, de Samanta Schweblin, desbordan en intensidad y tensión. Agarran del cuello y no sueltan, tal como el gran Julio Cortázar decía que tenía que ser un buen cuento: “incisivo, mordiente, sin cuartel desde la primera frase”.

20180922-DSC04082 (2)Samanta Schweblin lo logra en la mayoría de sus 22 cuentos, reunidos en este libro que disfruté, en lo que ha sido mi entrada al universo de esta escritora argentina radicada en Berlín, a quien pienso seguir leyendo.

Me gustó esa mezcla de realidad y absurdo, donde las cosas parecen ser normales, tal como las conocemos, hasta que algún acontecimiento prueba lo contrario. Consejo a los lectores: déjense llevar por la narración, déjense sorprender y, sobre todo, miren a través del prisma del narrador sin oponer resistencia.

Su tono me cautivó de inmediato y a medida que fui avanzando cuento tras cuento fui entrando en este ritmo de lo inesperado, del desenlace imprevisto, de la situación pasmosa o a veces ridícula, aunque llena de interpretaciones perfectamente plausibles.

Porque detrás del aparente disparate, se esconden asuntos profundos y universales; realidades tangibles que resuenan. El absurdo o lo fantástico sirve así de metáfora a temas de fondo. Estos se asoman, pero no exactamente como lo conocemos en la realidad: la maternidad/paternidad, por ejemplo, se enuncia, se da a entender en varios cuentos, pero sin nombrarla, en un niño que se vomita, un monstruo que se caza, o en unas mariposas con las alas rotas. Igual cosa ocurre con temas como el afán de control, la violencia de género, la violencia a secas, la soledad, la depresión, el sentido de la vida, entre otros que abordan los relatos.

Muchos de los personajes de estos cuentos buscan respuestas, algunos pasivamente, otros parecen estar al borde del ataque de nervios. En “Hacia la Alegre civilización”, por ejemplo, un hombre llamado Gruner se ve en la absurda situación de, día a día, no poder tomar un tren porque no hay cambio cuando quiere comprar el billete. Schweblin transmite hábilmente la frustración de Gruner en un crescendo de irritación que se resuelve en un desenlace original que nos deja pensando en el sinsentido de ciertos afanes en nuestra propia vida.

Hay humor -a veces bastante negro- y también poesía, todo ello expresado en un lenguaje trabajado, sobrio y efectivo, donde los adjetivos casi no existen a menos que sean estrictamente necesarios a la historia. La prosa fluye, la acción se desarrolla sin tropiezos; un verdadero placer de lectura.

Sobre todo, me gustó la forma en que la autora usa el diálogo como recurso que exacerba una acción ya agitada y confusa en cuentos como “Agujeros Negros”, donde la manía del Continuar leyendo “Cuentos que no sueltan”

¡Bienvenidos!

Qué alegría escribir la primera entrada de mi blog, un proyecto al que vengo dándole vueltas hace un buen tiempo y que tiene el simple propósito de transmitir mi amor por los libros y la lectura en general.

Leer para mí siempre ha sido un gusto; un verdadero placer el de sumergirme en las páginas de una historia bien contada, de un tema bien analizado, o de personajes tan bien delineados que podemos recrearlos en nuestra mente y quererlos al punto de sufrir como si fueran amigos que parten cuando llegamos al capítulo final.

20181022-DSC04181Alguien dijo que el que lee vive mil vidas y es cierto que la lectura -ficción o no ficción- tiene la capacidad de conectarnos con lugares, épocas, ideas y formas de ver la vida que por el proceso intelectual que implica leer, dejan una huella particularmente profunda.

Pero yo agregaría que el que lee también enriquece su propia vida de manera única. El autor inglés Philip Pullman afirmaba en una charla en la Universidad de Exeter hace unos años, que puede que muchas personas lean el mismo libro, pero ninguna lo leerá exactamente de la misma forma.

Leer es un proceso individual, solitario. Abrimos la página y nuestra mente se conecta con la del autor en un encuentro de uno a uno. Es ahí donde se abre ese espacio liminal que Pullman llama “borderland” o zona fronteriza, algo así como un área en torno a una frontera -amistosa, no excluyente sino al contrario, abierta a quien quiera traspasarla-, donde entran en contacto aspectos del libro y de la persona que lo está leyendo. Si bien el libro es el mismo, cada lector aporta sus propias memorias, asociaciones, temperamento y emociones y, por ende, diferentes aspectos van a resonar con mayor o menor fuerza en su mente. De ahí que el “borderland” que cada lector establece con un libro será distinto.

Esta diferencia es para mí una riqueza adicional que nos aporta la lectura. Esta no solo nos abre una puerta a una introspección personal, al permitir identificar e interpretar aquellos aspectos, temas y personajes que más nos tocan y conmueven, sino que también abre la posibilidad a un conocimiento mutuo entre nosotros, los “lectores comunes”, como nos llamaba Virginia Woolf, cuando compartimos nuestras zonas fronterizas, en otras palabras, cuando comentamos un mismo libro. Al comparar estas zonas, podemos apreciar qué aspectos nos unen y en cuáles disentimos, a la vez que nos permite descubrir nuevas posibilidades de esa lectura que antes no habíamos visto y apreciarla bajo otra luz.

Este blog lo inicio precisamente con esa idea, la de compartir mis propios “borderlands”, mi propio parecer de lo que leo, sabiendo que este podrá tener puntos similares con el de ustedes, pero ciertamente también habrá aspectos en los que discrepemos, y ahí está la belleza del asunto.

Los animo por ello a leer mis reseñas y entradas del blog en ese espíritu de apertura y a dejarme comentarios tanto de aquellas como sobre sus propias lecturas para compararlas y aprender mutuamente.

Y, sobre todo, los animo a disfrutar siempre del gusto de leer.