De soledad, silencio y duendes pampinos

H. Rivera Letelier
“Romance del duende que me escribe las novelas”
Hernán Rivera Letelier
DEBOLS!LLO, 2017
ISBN: 978-956-325-337-5
107 páginas

Tras leer varios libros de no ficción, decidí refrescar un poco la mente con una buena historia repleta de imaginación y fantasía de uno de mis autores chilenos favoritos, Hernán Rivera Letelier. “Romance del duende que me escribe las novelas” (2005) no se deja catalogar fácilmente en un género determinado y quizás por ello su lectura es tan cautivante. Ficción o no ficción, novela, biografía o cuento fantástico, poco importan las etiquetas. Sobre todo, cuando la narración rebosa de una inventiva capaz de transformarse en metáfora y buena excusa para tratar temas fundamentales que a nadie deja indiferente, independiente de si creemos o no en los simpáticos duendes pampinos que plagan el relato.

Ante todo, “Romance…” es una narración entretenida, tierna y llena de poesía y humor, lo que nunca falta en las obras de Rivera Letelier. En poco más de cien páginas, el escritor nos cuenta buena parte de su vida en la pampa atacameña, partiendo por su infancia, cuando el duende -que jugaba a escondidas con sus bolitas de vidrio- le habló por primera vez y se convirtió en algo así como su “maestro de pensamiento”.

Travieso y meditabundo; sabio y juguetón, su duende lo acompañó en las buenas y en las malas -sobre todo tras la muerte de su mamá – hasta que dejó de ser niño, esto es, cuando “de improviso me dio por pensar en el universo, en Dios, en la vida; en quién era yo, en suma. Y una desolación infinita invadió mi espíritu”. Llegado ese momento, el duende le advierte que ya no lo verá más, ni podrá conversar con él, pero que de alguna manera sentirá su presencia.

A partir de entonces, el tono es nostálgico, se anhela el reencuentro y se emprende la búsqueda de este ser tan misterioso como benéfico. Debo confesar que el pacto ficcional que se establece con el autor es tan fuerte que, al menos en mi caso, durante todo el resto del relato no quise otra cosa más que el narrador volviera a ver a su querido duende.

El proceso dura años, transcurre una vida, pero la infancia reaparece continuamente, como si siguiera viva en un rincón de la mente y el corazón del narrador. Aunque escrito por el autor adulto, la voz es la del niño que no deja de sorprenderse, de preguntarse, de ver “duendes y duendas” en muchas personas que, aunque no lo parezcan en su físico, sí tienen la actitud propia de estos seres: “además de ir por la vida con sus luces encendidas y el velamen de su ánimo a todo viento, poseen un rasgo característico: lucen como niños asombrados. Viven en perpetuo asombro.” Dan ganas de tener un duende amigo.

“Romance …” es la historia de una mente abierta, de ojos atentos a ver lo que otros no pueden o no quieren ver, de un espíritu dispuesto a dejarse entusiasmar por la poesía, la música y un buen cuento. Tal vez en eso consiste el talento creativo del escritor, quien reconoce que “las páginas más felices, los párrafos mejor logrados, aquellas frases tocadas fugazmente por el resplandor de la epifanía, me las escribe mi duende. O me las corrige”, tal cual les ha ocurrido a muchos otros artistas.

Escenario de esta historia es el desierto, la pampa como personaje y marco de su vida, recurrente en toda la obra de Hernán Rivera Letelier. Una vastedad que quema y que imanta; un espacio que lo vio crecer y que ahora acoge a lobos solitarios, que se quedan viviendo en pueblos abandonados, en oficinas salitreras que fueron cerrando una a una, dejando tras de sí el esqueleto de palos y fierros de lo que alguna vez fue vida en uno de los territorios más secos del mundo. Continuar leyendo “De soledad, silencio y duendes pampinos”

Leila Guerriero retrata a Bruno Gelber

L. GuerreiroDe las mil formas que existen de contar una historia, Leila Guerriero sabe encontrar aquella que atrapa desde la primera línea por su energía precisa y su lenguaje vivo; esa que sugiere a través de una prosa inteligente y percute por su veracidad a toda prueba. Eso y mucho más queda en evidencia en “Opus Gelber, retrato de un pianista” (2019), su nuevo libro, donde la periodista argentina nos invita a descubrir al gran músico Bruno Gelber con una mirada nueva, gracias a una inmersión total en el mundo pluri-facético de este artista, con la esperanza de recabar suficientes elementos que permitan esbozar una imagen, por esquiva que sea, de su persona. Tarea nada fácil, pero el viaje realmente vale la pena.

Y es que de buenas a primeras no parece sencillo retratar de manera original a un artista como Bruno Leonardo Gelber -considerado uno de los cien mejores pianistas del siglo XX-, sin caer en la reiteración, el lugar común o una descripción wikipédica de sus enormes logros musicales.

Guerriero se plantea de otra forma. Su texto se basa en el dato duro, la fecha exacta, la información precisa; por supuesto. Pero su arte consiste en dar cuenta de todo ello de modo tal que nos parece estar viendo, escuchando y hasta oliendo a Gelber en el living de su casa.

Y no se queda ahí. La mirada aguda de esta maestra del periodismo narrativo latinoamericano va más allá; perspicaz y sutil, aspira a “ver, en lo que todos miran, algo que no todos ven”, una de sus consignas bases. Detalle a detalle, por nimio que sea, el retrato se va componiendo. Surge así una imagen novedosa y compleja -en las antípodas del estereotipo- de este misterioso artista, aclamado por la crítica musical por más de seis décadas.

Aparte de un reporteo y un trabajo de documentación colosal, la materia prima central de este libro está formada por las horas y horas de entrevistas que Guerriero sostuvo por casi un año con el pianista argentino en su departamento ubicado en el popular barrio de Once en Buenos Aires, donde él se instaló después de casi toda una vida en Europa codeándose con la elite musical y la alta sociedad del lugar. Allí conversan durante largas veladas, solos y acompañados; presencia clases con uno de sus alumnos, cena con él y sus amigos y es testigo de muchas escenas de su vida doméstica.

Para ver eso “que no todos ven”, el método de Leila Guerriero es hacerse invisible, dejar que el entrevistado cuente, haga, gesticule, coma y calle como si ella no estuviera ahí. La voz que más se escucha, por ende, es la de Bruno Gelber, quien hace su entrada en el texto con un:

“- ¡Tesssoro! -dice exagerando la ese mientras tracciona con las manos sobre los apoyabrazos y luego con los puños sobre la mesa para levantarse.

– No te levantes, no hace falta.

– Mirá si me vas a mandar vos a mí – dice en un tono de reconvención jocosa, y se yergue sobre sus brazos de Atlante.

– Sentate, pichona”    

Pichona, Rulito, Maravilla, son algunos de los sobrenombres con los que Gelber, con el transcurrir de las páginas, llamará a la periodista, con la que claramente se establece una relación de respeto y confianza mutuos. Recorrerá en idas y venidas su vida entera: su concierto a los cinco años, el primero de los más de cinco mil que ha tocado; la poliomielitis que lo atacó a los ocho y que le dejó la pierna izquierda mala para siempre; su relación con su madre; sus estudios con Scaramuzza; sus años en Europa; sus amores; sus cirugías estéticas; el accidente que le dañó una mano y le obligó a aprender todo de nuevo a los 60 años.

Guerriero es curiosa, pero sabe preguntar lo justo, sin protagonismo. Más que nada, observa y registra. Al relatar, sus descripciones son tan vivas y sus adjetivos tan efectivos que dan ganas que su lectura fuera un virus para contagiarse un poquito: el silencio de las calles es “neutrónico”; el edificio donde vive Gelber es de dimensión “fritzlanguiana”; el entorno en el barrio de La Boca, de urbanidad “batmaniana”; el pelo de Gelber “gaseoso” y algunas de sus réplicas tienen “velocidad de sitcom”. Continuar leyendo “Leila Guerriero retrata a Bruno Gelber”

Madre singular en tiempos difíciles

20181212-DSC04239Sugerente título el del libro de la escritora alemana Angelika Schrobsdorff, “Tú no eres como otras madres”, donde relata la vida de su progenitora, Else, durante la primera mitad del siglo XX en Alemania, guerras mundiales y locos años veinte berlineses incluidos. Tal y como se plantea la frase, ésta promete una historia única de un personaje especial, distinto a otros de su época, a la vez que insinúa un diálogo no banal entre hija y madre, o al menos una mirada introspectiva a una relación compleja de parte de aquélla, quien con ese “tú” indica que le habla directamente a la mamá tan peculiar, como si tuviera algo importante que decirle.

Reconozco lo subjetivo del asunto, pero esas eran al menos mis expectativas al comenzar a leer esta obra, publicada en 1992 en alemán, con gran éxito de ventas, y que recién fue traducida al español en 2016.

En lo primero, el relato no defrauda. La historia de Else Kirschner es en efecto fascinante; una vida cargada de decisiones extremas, guiadas por su inconformismo y ansias de liberación -sexual, religiosa, social, etc.- y una búsqueda de independencia a ultranza, que ya sea por su propia falta de foco o por el excepcionalmente dramático contexto político y social que le tocó vivir, se ven fatalmente truncadas.

En ese sentido, el título no desilusiona. Por el lado de la relación madre-hija, sin embargo, la lectura me dejó gusto a poco. Conoceremos la vida de Else y una parte importante de la de Angelika, nos enteraremos del fuerte apego inicial y las posteriores quejas de una contra la otra, pero, salvo en breves párrafos, no llegaremos a escuchar a la hija reflexionando de manera introspectiva sobre su complejo vínculo, como lo hace, por ejemplo, Vivian Gornick en sus memorias que reseñé hace un tiempo. La promesa del título, entonces, amenaza con quedar incumplida y, al menos en lo que a mí respecta, algo decepcionada.

Nacida de una familia judía y tradicional del Berlín de principios del siglo XX, la joven Else Kirschner no quiere ser ni lo uno ni lo otro. Contra la voluntad de sus padres, se casa con un escritor no judío, con quien tiene a su primer hijo y quien muy pronto la engaña con varias de sus amigas. Momento de quiebre y recomposición en nuevo formato, para dar paso a un matrimonio “abierto”, donde ambos terminan viviendo en la misma casa con sus respectivos amantes, todos anfitriones de fiestas que parecen sacadas de una escena de algún cuadro de Georg Grosz.

Cuenta Angelika que su madre se lanzó a los dorados años 20 “y se lo llevo todo: la cultura y el vicio”. Berlín es en ese entonces una ciudad vibrante, liberada de las rigideces y la disciplina prusiana de la era imperial que había sido derrotada en la primera guerra mundial. La creatividad desborda y las artes buscan nuevas formas de expresión. Es un periodo riquísimo en lo cultural: la época del Bauhaus, de la nueva objetividad, del dadaísmo y del fox-trot; del cine de Fritz Lang y de Murnau, de las obras de Brecht, la música de Kurt Weill y los inicios de Marlene Dietrich.

Berlín es también la capital europea de la vida nocturna, donde las mujeres fuman y toman; bailan y aman a quienes ellas elijan, todo muy bien retratado por Schrobsdorff en la persona de Else, quien se lanza sin freno a disfrutar la nueva libertad de los tiempos. Su objetivo personal: vivir la vida con la máxima intensidad y tener un hijo con cada hombre que ame. Tres fueron los hombres, ninguno judío como ella, y tres los hijos: Peter, Bettina y Angelika, la menor.

La primera parte del libro da cuenta de manera detallada de la intensidad que Else imprime a esta búsqueda del placer que a poco andar ya no era ni tan revolucionaria ni tan contracorriente. Una gran bandada nadaba en el mismo sentido, absolutamente ajenos al mundo real, político y social que los rodeaba. La fragilidad de la naciente república de Weimar, el alto desempleo, la hiperinflación, los asesinatos políticos, nada de eso figura en las numerosas cartas de su madre de esa época, para indignación (retrospectiva) de la hija.

La crítica de Schrobsdorff se acentúa ante la pasividad de su madre y de la mayor parte de su círculo -casi todos no judíos- frente al ascenso al poder del nazismo. Mientras Hitler despoja de derechos y persigue a los ciudadanos alemanes de origen judío, las cartas de Else en el año 1935 hablan de los juegos de petanca en su casa en Pätz, o de las múltiples amantes de Erich, su segundo marido, alemán “ario” y de gran fortuna, padre de Angelika. Ninguno de los dos percibe a tiempo la amenaza; Else se siente segura en su calidad de judía “asimilada” y no atiende a las advertencias de amigos que emigran a Palestina; tampoco cree necesario poner a salvo a sus propios padres -su madre morirá en el campo de concentración de Theresienstadt- y prefiere ocultar a sus hijas su calidad de medio judías.

“Hay momentos en que dudo del sano juicio de mi madre y sus amigos”, se queja la autora, cincuenta años más tarde. No comprende semejante “credulidad, rayana en la obnubilación mental” cuyas consecuencias deberán enfrentar en 1938, cuando ya sea tarde y ella, su hermana y su madre deban emigrar a Bulgaria, perseguidas, en la pobreza y casi total abandono. Continuar leyendo “Madre singular en tiempos difíciles”

Conviviendo con el enemigo

Adversario 1 (2)

A primera vista, “El Adversario” es el detallado y bien investigado relato que hace Emmanuel Carrère de un espeluznante caso ocurrido en 1993, en Francia, donde casi veinte años de mentiras llevan a un falso médico a asesinar a su familia y destruir la confianza de toda una comunidad. Sin embargo, y como suele ocurrir con sus libros, este premiado escritor y periodista francés va más allá, y con gran sutileza nos abre la puerta a una reflexión potente sobre el mal (ese “adversario” al que se refiere el título), la verdad de cada individuo y los extremos a los que se puede llegar para ocultar lo que no nos es grato mirar de nosotros mismos. La puerta está abierta, cada uno es libre de pasar por ella.

Jean-Claude Romand comenzó a mentir a los 18 años. Hizo creer a todo su entorno que se había recibido de médico, cuando en realidad había abandonado los estudios en segundo año de facultad. Tenía convencidos a su esposa, familia y amigos que trabajaba en la Organización Mundial de la Salud en Ginebra y que hacía clases en la Universidad de Dijon, pero se pasaba los días caminando por los bosques del Jura o sentado en su auto en estacionamientos de centros comerciales. Estafaba a familiares y amigos a quienes convencía para que le confiaran sus ahorros, que él los “invertiría” en la plaza suiza, cosa que por supuesto no hacía. Llegó incluso a venderle, por una cuantiosa suma, a un tío enfermo de cáncer una supuesta droga de punta a la que decía tener acceso y que auguraba su rápida recuperación. Todo, una gran mentira.

Más que una doble vida, Romand tenía, por un lado, una vida inventada y, del otro, nada, el vacío. Nadie, sin embargo, parecía darse cuenta; todos creían en él, era respetado. El comienzo del fin se produjo cuando algunos de sus “inversionistas” empezaron a pedir sus retornos y él se vio acorralado.

La mañana del sábado 9 de enero de 1993, Jean-Claude Romand mató a su mujer Florence, y a sus hijos Antoine y Caroline. Más tarde fue a almorzar con sus padres y, después de comer, los mató a ambos y también al perro. El mismo día intentó atacar a su ex amante, sin éxito. De regreso a su casa, ingirió unos barbitúricos expirados y se tendió en la cama, sin olvidar antes de prender fuego al inmueble. Jean-Claude Romand sobrevivió al incendio. Fue juzgado y condenado a cadena perpetua, la que sirve hasta el día de hoy (hace apenas un mes su solicitud de libertad condicional, luego de 25 años de cárcel, fue denegada). Toda Francia se horrorizó ante sus crímenes y se develó la gran mentira que fue su vida.

Hasta ahí el resumen del acucioso y ágil relato que hace Carrère de este caso, fruto de una ardua labor de investigación periodística: entrevistas con sus amigos y visitas a su entorno; asistió al proceso, entrevistó al abogado defensor, estudió a fondo el kilométrico sumario y, lo más relevante, conversó y se escribió por mucho tiempo con el mismo Jean-Claude Romand, quien ya en prisión se convirtió en una especie de interno modelo, volcado a la oración.

Al igual que todo el público que leyó los periódicos de la época, Carrère se fascinó con el caso, ¿Cómo se puede vivir tanto tiempo con alguien y no sospechar nada? ¿Qué pensaba el falso médico durante esos paseos por el bosque? ¿Por qué inició una mentira, si tenía la capacidad y los recursos para haberse recibido de médico? Un sinfín de preguntas que el escritor/periodista trata responder durante su investigación y, en buena parte, lo logra.

Ocurre, sin embargo, que esta fascinación que Carrère experimenta por estos hechos lo complica; lo incomoda, incluso siente vergüenza ante sus hijos “porque su padre escribiese sobre aquello”. Es así como este debate interno del escritor -quien es a la vez narrador- y sus reflexiones frente al caso se convierten en la segunda hebra que recorre el texto y se va intercalando con el recuento de la vida de Romand. Continuar leyendo “Conviviendo con el enemigo”

Oscar Bustamante y el arte de crear un personaje redondo

O. Bustamante 1

Nada le sale bien a Carlos Overnead, el narrador y protagonista de la novela “Explicación de todos mis tropiezos”, de Oscar Bustamante. A primera vista, podría encasillársele en el estereotipo del perdedor, la oveja negra de la familia; ese primo, esa tía lejana, ese compañero de curso o conocido que todos tenemos en nuestros círculos a los que todo le sale mal. Aquellos que no dan pie con bola ni en lo sentimental/ familiar, ni en lo laboral, ni en lo económico. Esos que andan siempre en problemas y a los que -seamos francos- muchas veces tendemos a hacerles el quite.

La maestría de Bustamante -escritor chileno que merecería más fama de la que tiene- consiste en transformar este personaje estereotípico, y por ende predecible, en lo que E.M. Foster llama un personaje redondo -en oposición a uno plano-, de aquellos que sorprenden y enriquecen nuestro conocimiento de la condición humana.

Carlos Overnead es un nostálgico empedernido, añora su mundo rural, ese campo de Cauquenes donde nació y se crió y que su padre vendió para pagar deudas y despilfarrar el resto. De ahí en adelante, todo es cuesta abajo para este personaje casi de otro siglo, quien se siente educado “para cultivarme, no para trabajar”. Bueno para el box y el trago, la buena pinta, la simpatía y su excelente gancho izquierdo no le servirán, sin embargo, para enfrentar la realidad del Chile de fines del siglo XX en que está ambientada esta excelente y entretenida novela.

Claramente Carlos Overnead “trae consigo lo imprevisible de la vida” que exige E.M Foster para esos personajes capaces de sorprender. Con su voz tan propia -la única que se escucha en todo el libro y que Bustamante compone con arte y amenidad- el protagonista/narrador nos envuelve en su relato, provocando un sin fin de reacciones, a veces contradictorias, a medida que intenta dar razones del por qué de sus “tropiezos”. Es un personaje complejo, irrita fácilmente con sus aires de superioridad, aunque también saca más de una risa con sus salidas tan criollas y sinceras, a la vez que divierten sus brotes de optimismo delirante. Chocan sus exabruptos de violencia, o su inconstancia casi patológica pero también estremece su honestidad a medida que pasan los capítulos y su vulnerabilidad se hace evidente cuando declara haberse amistado con la derrota y -lo que parte el alma-, haberse acostumbrado al abandono.

La novela está escrita en formato epistolar. Carlos le escribe a su primo Francisco, una especie de Théo van Gogh moderno, al cual el protagonista recurre toda vez que está en aprietos, esto es, a cada rato. Le pide plata, trabajo, que lo saque de la pensión de mala muerte donde ha caído; que venga a buscarlo a la clínica psiquiátrica donde, según dice, lo han internado por alcohólico, aunque la cosa parece más seria. Por lo que nos cuenta el protagonista, efectivamente este querido primo y amigo de infancia con quien jugaba en el fundo del sur, lo rescata de todos sus tropiezos, lo saca de la cárcel, incluso del país cuando ya su permanencia se hace insostenible. Sin embargo, nos ponemos dudosos y no sabemos si al final del día lo que quiere Francisco es sacárselo de encima. Y quién lo culparía, Carlos no es un personaje fácil.

Aunque toda la información la recibimos de voz de Carlos -no conocemos las cartas de respuesta de su primo Francisco-, el autor deja entrever con gran habilidad a medida que avanza el relato, que hay otras versiones que completan la del protagonista, las cuales éste no es capaz de reconocer. Bustamante consigue así el doble efecto de hacernos empatizar con el dolor de Carlos, de que nos identifiquemos con muchas de sus debilidades o al menos comprendamos de dónde vienen y, por otro lado, que nos hagamos un juicio propio -diferente del de Carlos- respecto de las reacciones de los otros personajes, sus ex esposas, su familia, sus amigos y de la relación que tiene con ellos. Continuar leyendo “Oscar Bustamante y el arte de crear un personaje redondo”

Los libros de mi maleta

No me imagino un viaje sin libros. Y no hablo solo de leer durante el recorrido y en el lugar de destino aquellos libros que empacamos en el punto de partida, sino sobre todo de aprovechar el viaje para empaparse de lo que interesa a las personas en el lugar y al momento en que visitamos, para así descubrir nuevos autores y temáticas que enriquezcan nuestra experiencia.

Vengo llegando de tres deliciosas semanas en Chile, mi país natal, donde aparte de rencontrarme con familia y amigos, comer los más ricos porotos granados hechos por mi querida cuñada y visitar hermosos lagos, bosques y ciudades, me hice de un stock considerable de nuevas lecturas que me tienen muy entusiasmada.

Libros de Chile 2019 1Les muestro una selección de lo que traje en mi pesada maleta. Un potpurrí de lo más variado; la cosecha variopinta de libros que me regalaron o que compré motu proprio y por pura curiosidad, aunque en su mayoría vienen recomendados por algún familiar o amigo lector. Hay de todo un poco: autores chilenos y de otras latitudes; libros recientes, otros antiguos; ensayos y ficción; ciencia, música, crimen, etc. Para todos los gustos.

Cada libro viene con su propia historia de cómo llegó a mis manos que ya les iré contando a medida que los reseñe en las próximas entradas, ya que apenas vengo bajando del avión. Solo quería contarles en qué anduve durante estas semanas de ausencia y mostrarles de paso algunas fotos que tomé en mi recorrido por ese lindo país, especialmente por los lagos del sur de Chile y los cerros del puerto de Valparaíso, que han inspirado a más de un poeta.

Volcán Osorno
Volcán Osorno visto desde el lago Puyehue
Volcán Puntiagudo
Volcán Puntiagudo
Roble Pellin
Magnífico pellín (roble adulto) a orillas del lago Ranco (foto inferior)

Ranco

Valparaíso 3
Atardecer en Valparaíso, una ciudad a todo color…

Robert Capa, el fotógrafo que fue escritor

Fin de año y balance obliga. Decidí, sin embargo, ahorrarme listas y recuentos e ir directamente al grano con la reseña de un libro que -sin ser ni el mejor ni el peor que leí este año- me impresionó de manera especial en 2018, por ser un relato fresco y ameno que, al mismo tiempo, logra transmitir un profundo testimonio del dolor humano sin sentimentalismos ni obviedades, lo que hace de él una lectura inolvidable.

20181230-Robert CapaSe trata de “Slightly Out of Focus” (“Ligeramente desenfocado”), del casi mítico Robert Capa, un fotógrafo que quería ser escritor, pero que, en vez, se convirtió en el corresponsal de guerra más famoso del siglo XX, una leyenda del periodismo fotográfico, creador -junto a Henri Cartier-Bresson, Chim y otros famosos-, de la agencia Magnum, y quien, de paso, nos dejó estas breves, aunque elocuentes memorias de su trabajo en el frente occidental durante la segunda guerra mundial.

El relato de Capa cubre el periodo entre 1942 y 1945, en el que fotografió la guerra para la revista Collier’s y luego para Life, en Inglaterra, Norte de Africa, Italia, Francia y Alemania. Si ya pone los pelos de punta mirar las icónicas fotografías que tomó el 6 de junio de 1944, cuando desembarcó en la primera ola de botes, mezclado con las tropas aliadas en las playas de Normandía, leer su descripción de las seis horas que pasó en el agua o enterrado en las arenas francesas, parapetado tras algún tanque o cualquier objeto que le permitiera esquivar la metralla alemana, sin más arma que su cámara Contax, es una experiencia doblemente sobrecogedora que da nueva luz a sus históricas imágenes.

Si bien el libro contiene muchísimas fotografías, se trata de una obra para ser leída y les garantizo que la narración es apasionante. Capa tiene un estilo fluido, sencillo y directo que se lee fácil. Pese a lo trágico del escenario, su humor es uno de los aspectos que más me atrajo, sobre todo porque se manifiesta en un constante reírse de sí mismo. En efecto, la leyenda del fotoperiodismo del siglo XX se auto describe casi como una figura picaresca, un antihéroe, un vividor simpático que no escatima astucias para vencer la burocracia de visas, pases y permisos o para conseguir una buena botella de brandy, pero que al final del día sabemos que hará su trabajo con el máximo profesionalismo y creatividad.

Ameno y amistoso, la fama ganada con sus reportajes de la guerra civil española no parece que se le haya ido a la cabeza. Al contrario, en este libro, Capa no duda en retratarse en situaciones ridículas, como cuando decide “pasar al baño” detrás de un cactus en el norte de Africa, sin reparar que está parado en medio de un campo minado. Sin poder moverse ni para subirse los pantalones, debe esperar a que venga un equipo de detectores de minas para sacarlo de su impasse, convirtiéndose en el hazme reír de colegas y soldados por un par de días. La historia, sin embargo, es trágicamente premonitoria, ya que Capa muere en 1954, a los 40 años, cubriendo el conflicto de Indochina justamente por pisar un campo minado. Continuar leyendo “Robert Capa, el fotógrafo que fue escritor”

Un cuento de Navidad muy diferente

Advertencia: en esta historia no se divisa ningún ángel, tampoco figura “Santa Claus”, ni se produce milagro de Noche Buena alguno, pero es el cuento de Navidad más original y evocador que he leído. Es más, al contrario de la mayoría de los cuentos de este género, este transcurre en las sucias calles de Brooklyn de los 70 y 80, donde corre un viento del infierno; involucra más de algún delito y esconde una que otra mentira. Pero, lo mejor de todo, es que está escrito por Paul Auster.

Paul AusterNo es precisamente por sus cuentos que se conoce a este autor estadounidense, fanático de don Quijote de la Mancha; su fama planetaria viene de sus novelas (“Trilogía de Nueva York”, “Moon Palace”, “El libro de las Ilusiones”, etc.) y de sus guiones, poesías y traducciones. Sin embargo, si tuviera que mencionar una razón por la cual Paul Auster es uno de mis escritores favoritos, diría que es por su calidad de eximio cuentacuentos. Sus novelas rebosan de relatos secundarios y anécdotas que, vengan o no al caso de la trama principal, son siempre cautivantes, entretenidos e imperdibles, simplemente porque están bien contados. Y es que no hay nada más irresistible que una historia bien contada.

Es el caso de “Auggie Wren’s Christmas Story” (“El cuento de Navidad de Auggie Wren”), publicado por primera vez en el New York Times en 1990 y que hoy se ofrece en una bella edición con ilustraciones de la artista argentina ISOL, en sus versiones en inglés y en español, traducida esta por Ana Nuño López. Leerlo no toma más de 10 minutos, pero es tan rico en detalles y elementos sugerentes, que te deja pensando un buen rato.

Los fanáticos de Auster van a reconocer muchos de sus recursos favoritos: Brooklyn como escenario; un personaje/narrador llamado Paul que -oh, casualidad- es escritor; repeticiones; obsesiones; confusión de identidades; y una clara inclinación por la meta-ficción que hace que, hasta el final, no quede claro si estamos ante ficción o realidad.

El narrador es Paul, un escritor a quien se le ha pedido que escriba un cuento de Navidad para el New York Times. El problema es que no se le ocurre nada. Quiere evitar un relato sentimental, nada de historias dulzonas o cuentos de hadas para adultos, pero las ideas brillan por su ausencia, hasta que Auggie Wren viene al rescate y se ofrece contarle “el mejor cuento de navidad que hayas oído nunca” a cambio de una invitación a almorzar.

Antes de entrar a la historia misma, el narrador nos cuenta quién es Auggie Wren, aunque este no es su verdadero nombre, explica. Y es que, como Auggie no queda demasiado bien en el cuento, le pidió que usara un pseudónimo (los nombres son muy importantes en la obra de Auster). Como sea, se trata del vendedor en el almacén donde Paul, el narrador, va a comprar sus cigarros holandeses desde hace más de una década. Auggie es un personaje chistoso, admirador del escritor y que tiene un pasatiempo muy particular: lleva años sacando la misma foto, en la misma esquina de Brooklyn, a la misma hora, todos los días. Continuar leyendo “Un cuento de Navidad muy diferente”

Cuando la vida imita a las leyendas

Hace mucho que quería leer a Orhan Pamuk, prolífico escritor turco, Premio Nobel de Literatura 2006 (¿se acuerdan de las épocas cuando se daban premios Nobel de Literatura, aunque esa es otra historia?). La opción era enorme, pero decidí partir de atrás para adelante, con su más reciente novela “La Mujer del Pelo Rojo”. No me arrepiento.

20181202-IMG_0034 (2)El relato se inicia bajo la apariencia de un Bildungsroman, una novela de aprendizaje que narra el paso del joven Cem a la adultez; pero ojo, que las apariencias engañan y al avanzar la lectura, la historia adquirirá nuevos matices que la alejarán de lo que en un principio pensamos que era.

Corre 1985, el chico de 16 años quiere ser escritor, pero por sobre todo, anhela el amor de su padre, quien, tras varias desapariciones por razones políticas, finalmente los abandona a él y su madre para rehacer su vida con otra mujer. Con la idea de juntar dinero para entrar a una academia que lo prepare para la universidad, Cem pasa ese verano trabajando con un pocero a las afueras de Estambul, cavando un pozo que arranque agua de esas áridas tierras.

La técnica es ancestral, se cava a mano, palada por palada; un trabajo duro. El pocero, Mahmut Usta, es exigente, pero cuida a Cem, le enseña como a un aprendiz, lo trata como a un hijo y el joven comienza a apreciarlo a su vez como a un padre. Excavan de día y en la noche se cuentan historias. Cuando faltan suministros, bajan al pueblo más cercano a comprarlos y es ahí donde el joven divisa por primera vez a la mujer del pelo rojo. Esta actriz de la tropa de teatro itinerante “Leyendas Ejemplares”, casi 20 años mayor que él, va a desatar en Cem una verdadera obsesión, un amor juvenil que terminará por marcar el resto de su vida.

El sol quema, el agua es esquiva y cada día parece una eternidad; el chico solo piensa en bajar al pueblo y saciar su obsesión, pero la espera lo tortura. Pamuk transmite con maestría una impaciencia casi eléctrica, una tensión creciente, una tragedia en ciernes que se desata con furia indecible al final de la primera parte del libro -la más lograda a mi juicio de las tres que componen la novela-  y tiñe de calamidad las páginas que seguirán.

De ahí en adelante, el ritmo del relato cambia y se vuelve algo inestable; la narración va alternando hechos que se suceden con gran rapidez, con largas reflexiones del protagonista que desaceleran la acción. El suspenso en que ha acabado la primera parte, sin embargo, hace imposible abandonar su lectura y nos impele a continuar.

No quiero revelar demasiado de los sucesos que siguen, pero cabe destacar que la estructura de esta novela está diseñada de manera inteligente con múltiples hilos que se tocan, se enlazan y anudan sin vuelta a atrás. Hebras claves en esta trama son la historia de “Edipo Rey” de Sófocles, por un lado y, por otro, la de Rostam y Sohrab del poeta persa Ferdousí capturada en la obra “Shahnameh”. Parricidio el primero, filicidio el segundo, ambos relatos llegan, con el paso de los años, a absorber los pensamientos del ahora ingeniero y empresario Cem y hacen las veces de marco alegórico a la melancolía, miedos y culpas que el protagonista relata de manera bastante cándida durante la segunda parte de la novela. Continuar leyendo “Cuando la vida imita a las leyendas”

Sobrevivir a esos apegos que ahogan

Las madres tóxicas existen y Vivian Gornick tuvo una. La periodista, autora y activista feminista estadounidense la describe en su libro autobiográfico “Apegos Feroces” de manera magistral: su manipulación, su chantaje emocional, sus escenas melodramáticas y sus deseos de control sobre sus hijos por los que dice haber dejado todo y a quienes luego acusa de odiarla.

Fuerte situación, pero Gornick no sucumbe. Observa y absorbe; resiste y escapa; vive y vuelve con sabiduría e introspección -y una buena dosis de amor- a pasear de la mano de su madre ya anciana por las calles de Manhattan. La clave de este proceso, según ella misma cuenta en otro de sus libros -“The Situation and the Story, The Art of Personal Narrative” (2001)-, fue reconocer, luego de décadas de búsqueda de sí misma, que “no podía dejar a mi madre porque me había convertido en mi madre”. El camino hasta llegar a esta conclusión es pues, la verdadera historia de estas memorias, publicadas en inglés en 1987 pero que recién fueron traducidas al español en 2017 por Daniel Ramos Sánchez.

Se trata de una historia de “embrollo psicológico” según su propia autora, entretenida y cautivante, pese a que nada de lo que relata se sale demasiado de lo común y cotidiano en la vida de una familia donde madre e hija se llevan a las patadas.

Corre la primera parte de la década de los 40 y la niña de 8 años, Vivian Gornick, vive con sus padres y un hermano en un hacinado bloque de edificios de clase obrera en el Bronx, mayoritariamente judío, donde el máximo signo de status es tener un “apartamento de fachada”, es decir con ventanas que den hacia la calle. La mayor parte de la actividad se desarrolla, sin embargo, en los patios interiores, donde las mujeres se gritan de una ventana a otra, chismorrean, ríen y tienden la ropa a secar en largas cuerdas que cuelgan entre edificio y edificio. Todo el espacio, lleno de mujeres: “Apenas recuerdo a ningún hombre. Estaban por todas partes, claro está -maridos, padres, hermanos-, pero solo recuerdo a las mujeres”, relata Gornick.

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