Oscar Bustamante y el arte de crear un personaje redondo

O. Bustamante 1

Nada le sale bien a Carlos Overnead, el narrador y protagonista de la novela “Explicación de todos mis tropiezos”, de Oscar Bustamante. A primera vista, podría encasillársele en el estereotipo del perdedor, la oveja negra de la familia; ese primo, esa tía lejana, ese compañero de curso o conocido que todos tenemos en nuestros círculos a los que todo le sale mal. Aquellos que no dan pie con bola ni en lo sentimental/ familiar, ni en lo laboral, ni en lo económico. Esos que andan siempre en problemas y a los que -seamos francos- muchas veces tendemos a hacerles el quite.

La maestría de Bustamante -escritor chileno que merecería más fama de la que tiene- consiste en transformar este personaje estereotípico, y por ende predecible, en lo que E.M. Foster llama un personaje redondo -en oposición a uno plano-, de aquellos que sorprenden y enriquecen nuestro conocimiento de la condición humana.

Carlos Overnead es un nostálgico empedernido, añora su mundo rural, ese campo de Cauquenes donde nació y se crió y que su padre vendió para pagar deudas y despilfarrar el resto. De ahí en adelante, todo es cuesta abajo para este personaje casi de otro siglo, quien se siente educado “para cultivarme, no para trabajar”. Bueno para el box y el trago, la buena pinta, la simpatía y su excelente gancho izquierdo no le servirán, sin embargo, para enfrentar la realidad del Chile de fines del siglo XX en que está ambientada esta excelente y entretenida novela.

Claramente Carlos Overnead “trae consigo lo imprevisible de la vida” que exige E.M Foster para esos personajes capaces de sorprender. Con su voz tan propia -la única que se escucha en todo el libro y que Bustamante compone con arte y amenidad- el protagonista/narrador nos envuelve en su relato, provocando un sin fin de reacciones, a veces contradictorias, a medida que intenta dar razones del por qué de sus “tropiezos”. Es un personaje complejo, irrita fácilmente con sus aires de superioridad, aunque también saca más de una risa con sus salidas tan criollas y sinceras, a la vez que divierten sus brotes de optimismo delirante. Chocan sus exabruptos de violencia, o su inconstancia casi patológica pero también estremece su honestidad a medida que pasan los capítulos y su vulnerabilidad se hace evidente cuando declara haberse amistado con la derrota y -lo que parte el alma-, haberse acostumbrado al abandono.

La novela está escrita en formato epistolar. Carlos le escribe a su primo Francisco, una especie de Théo van Gogh moderno, al cual el protagonista recurre toda vez que está en aprietos, esto es, a cada rato. Le pide plata, trabajo, que lo saque de la pensión de mala muerte donde ha caído; que venga a buscarlo a la clínica psiquiátrica donde, según dice, lo han internado por alcohólico, aunque la cosa parece más seria. Por lo que nos cuenta el protagonista, efectivamente este querido primo y amigo de infancia con quien jugaba en el fundo del sur, lo rescata de todos sus tropiezos, lo saca de la cárcel, incluso del país cuando ya su permanencia se hace insostenible. Sin embargo, nos ponemos dudosos y no sabemos si al final del día lo que quiere Francisco es sacárselo de encima. Y quién lo culparía, Carlos no es un personaje fácil.

Aunque toda la información la recibimos de voz de Carlos -no conocemos las cartas de respuesta de su primo Francisco-, el autor deja entrever con gran habilidad a medida que avanza el relato, que hay otras versiones que completan la del protagonista, las cuales éste no es capaz de reconocer. Bustamante consigue así el doble efecto de hacernos empatizar con el dolor de Carlos, de que nos identifiquemos con muchas de sus debilidades o al menos comprendamos de dónde vienen y, por otro lado, que nos hagamos un juicio propio -diferente del de Carlos- respecto de las reacciones de los otros personajes, sus ex esposas, su familia, sus amigos y de la relación que tiene con ellos. Continuar leyendo “Oscar Bustamante y el arte de crear un personaje redondo”

Robert Capa, el fotógrafo que fue escritor

Fin de año y balance obliga. Decidí, sin embargo, ahorrarme listas y recuentos e ir directamente al grano con la reseña de un libro que -sin ser ni el mejor ni el peor que leí este año- me impresionó de manera especial en 2018, por ser un relato fresco y ameno que, al mismo tiempo, logra transmitir un profundo testimonio del dolor humano sin sentimentalismos ni obviedades, lo que hace de él una lectura inolvidable.

20181230-Robert CapaSe trata de “Slightly Out of Focus” (“Ligeramente desenfocado”), del casi mítico Robert Capa, un fotógrafo que quería ser escritor, pero que, en vez, se convirtió en el corresponsal de guerra más famoso del siglo XX, una leyenda del periodismo fotográfico, creador -junto a Henri Cartier-Bresson, Chim y otros famosos-, de la agencia Magnum, y quien, de paso, nos dejó estas breves, aunque elocuentes memorias de su trabajo en el frente occidental durante la segunda guerra mundial.

El relato de Capa cubre el periodo entre 1942 y 1945, en el que fotografió la guerra para la revista Collier’s y luego para Life, en Inglaterra, Norte de Africa, Italia, Francia y Alemania. Si ya pone los pelos de punta mirar las icónicas fotografías que tomó el 6 de junio de 1944, cuando desembarcó en la primera ola de botes, mezclado con las tropas aliadas en las playas de Normandía, leer su descripción de las seis horas que pasó en el agua o enterrado en las arenas francesas, parapetado tras algún tanque o cualquier objeto que le permitiera esquivar la metralla alemana, sin más arma que su cámara Contax, es una experiencia doblemente sobrecogedora que da nueva luz a sus históricas imágenes.

Si bien el libro contiene muchísimas fotografías, se trata de una obra para ser leída y les garantizo que la narración es apasionante. Capa tiene un estilo fluido, sencillo y directo que se lee fácil. Pese a lo trágico del escenario, su humor es uno de los aspectos que más me atrajo, sobre todo porque se manifiesta en un constante reírse de sí mismo. En efecto, la leyenda del fotoperiodismo del siglo XX se auto describe casi como una figura picaresca, un antihéroe, un vividor simpático que no escatima astucias para vencer la burocracia de visas, pases y permisos o para conseguir una buena botella de brandy, pero que al final del día sabemos que hará su trabajo con el máximo profesionalismo y creatividad.

Ameno y amistoso, la fama ganada con sus reportajes de la guerra civil española no parece que se le haya ido a la cabeza. Al contrario, en este libro, Capa no duda en retratarse en situaciones ridículas, como cuando decide “pasar al baño” detrás de un cactus en el norte de Africa, sin reparar que está parado en medio de un campo minado. Sin poder moverse ni para subirse los pantalones, debe esperar a que venga un equipo de detectores de minas para sacarlo de su impasse, convirtiéndose en el hazme reír de colegas y soldados por un par de días. La historia, sin embargo, es trágicamente premonitoria, ya que Capa muere en 1954, a los 40 años, cubriendo el conflicto de Indochina justamente por pisar un campo minado. Continuar leyendo “Robert Capa, el fotógrafo que fue escritor”

Un cuento de Navidad muy diferente

Advertencia: en esta historia no se divisa ningún ángel, tampoco figura “Santa Claus”, ni se produce milagro de Noche Buena alguno, pero es el cuento de Navidad más original y evocador que he leído. Es más, al contrario de la mayoría de los cuentos de este género, este transcurre en las sucias calles de Brooklyn de los 70 y 80, donde corre un viento del infierno; involucra más de algún delito y esconde una que otra mentira. Pero, lo mejor de todo, es que está escrito por Paul Auster.

Paul AusterNo es precisamente por sus cuentos que se conoce a este autor estadounidense, fanático de don Quijote de la Mancha; su fama planetaria viene de sus novelas (“Trilogía de Nueva York”, “Moon Palace”, “El libro de las Ilusiones”, etc.) y de sus guiones, poesías y traducciones. Sin embargo, si tuviera que mencionar una razón por la cual Paul Auster es uno de mis escritores favoritos, diría que es por su calidad de eximio cuentacuentos. Sus novelas rebosan de relatos secundarios y anécdotas que, vengan o no al caso de la trama principal, son siempre cautivantes, entretenidos e imperdibles, simplemente porque están bien contados. Y es que no hay nada más irresistible que una historia bien contada.

Es el caso de “Auggie Wren’s Christmas Story” (“El cuento de Navidad de Auggie Wren”), publicado por primera vez en el New York Times en 1990 y que hoy se ofrece en una bella edición con ilustraciones de la artista argentina ISOL, en sus versiones en inglés y en español, traducida esta por Ana Nuño López. Leerlo no toma más de 10 minutos, pero es tan rico en detalles y elementos sugerentes, que te deja pensando un buen rato.

Los fanáticos de Auster van a reconocer muchos de sus recursos favoritos: Brooklyn como escenario; un personaje/narrador llamado Paul que -oh, casualidad- es escritor; repeticiones; obsesiones; confusión de identidades; y una clara inclinación por la meta-ficción que hace que, hasta el final, no quede claro si estamos ante ficción o realidad.

El narrador es Paul, un escritor a quien se le ha pedido que escriba un cuento de Navidad para el New York Times. El problema es que no se le ocurre nada. Quiere evitar un relato sentimental, nada de historias dulzonas o cuentos de hadas para adultos, pero las ideas brillan por su ausencia, hasta que Auggie Wren viene al rescate y se ofrece contarle “el mejor cuento de navidad que hayas oído nunca” a cambio de una invitación a almorzar.

Antes de entrar a la historia misma, el narrador nos cuenta quién es Auggie Wren, aunque este no es su verdadero nombre, explica. Y es que, como Auggie no queda demasiado bien en el cuento, le pidió que usara un pseudónimo (los nombres son muy importantes en la obra de Auster). Como sea, se trata del vendedor en el almacén donde Paul, el narrador, va a comprar sus cigarros holandeses desde hace más de una década. Auggie es un personaje chistoso, admirador del escritor y que tiene un pasatiempo muy particular: lleva años sacando la misma foto, en la misma esquina de Brooklyn, a la misma hora, todos los días. Continuar leyendo “Un cuento de Navidad muy diferente”

Cuando la vida imita a las leyendas

Hace mucho que quería leer a Orhan Pamuk, prolífico escritor turco, Premio Nobel de Literatura 2006 (¿se acuerdan de las épocas cuando se daban premios Nobel de Literatura, aunque esa es otra historia?). La opción era enorme, pero decidí partir de atrás para adelante, con su más reciente novela “La Mujer del Pelo Rojo”. No me arrepiento.

20181202-IMG_0034 (2)El relato se inicia bajo la apariencia de un Bildungsroman, una novela de aprendizaje que narra el paso del joven Cem a la adultez; pero ojo, que las apariencias engañan y al avanzar la lectura, la historia adquirirá nuevos matices que la alejarán de lo que en un principio pensamos que era.

Corre 1985, el chico de 16 años quiere ser escritor, pero por sobre todo, anhela el amor de su padre, quien, tras varias desapariciones por razones políticas, finalmente los abandona a él y su madre para rehacer su vida con otra mujer. Con la idea de juntar dinero para entrar a una academia que lo prepare para la universidad, Cem pasa ese verano trabajando con un pocero a las afueras de Estambul, cavando un pozo que arranque agua de esas áridas tierras.

La técnica es ancestral, se cava a mano, palada por palada; un trabajo duro. El pocero, Mahmut Usta, es exigente, pero cuida a Cem, le enseña como a un aprendiz, lo trata como a un hijo y el joven comienza a apreciarlo a su vez como a un padre. Excavan de día y en la noche se cuentan historias. Cuando faltan suministros, bajan al pueblo más cercano a comprarlos y es ahí donde el joven divisa por primera vez a la mujer del pelo rojo. Esta actriz de la tropa de teatro itinerante “Leyendas Ejemplares”, casi 20 años mayor que él, va a desatar en Cem una verdadera obsesión, un amor juvenil que terminará por marcar el resto de su vida.

El sol quema, el agua es esquiva y cada día parece una eternidad; el chico solo piensa en bajar al pueblo y saciar su obsesión, pero la espera lo tortura. Pamuk transmite con maestría una impaciencia casi eléctrica, una tensión creciente, una tragedia en ciernes que se desata con furia indecible al final de la primera parte del libro -la más lograda a mi juicio de las tres que componen la novela-  y tiñe de calamidad las páginas que seguirán.

De ahí en adelante, el ritmo del relato cambia y se vuelve algo inestable; la narración va alternando hechos que se suceden con gran rapidez, con largas reflexiones del protagonista que desaceleran la acción. El suspenso en que ha acabado la primera parte, sin embargo, hace imposible abandonar su lectura y nos impele a continuar.

No quiero revelar demasiado de los sucesos que siguen, pero cabe destacar que la estructura de esta novela está diseñada de manera inteligente con múltiples hilos que se tocan, se enlazan y anudan sin vuelta a atrás. Hebras claves en esta trama son la historia de “Edipo Rey” de Sófocles, por un lado y, por otro, la de Rostam y Sohrab del poeta persa Ferdousí capturada en la obra “Shahnameh”. Parricidio el primero, filicidio el segundo, ambos relatos llegan, con el paso de los años, a absorber los pensamientos del ahora ingeniero y empresario Cem y hacen las veces de marco alegórico a la melancolía, miedos y culpas que el protagonista relata de manera bastante cándida durante la segunda parte de la novela. Continuar leyendo “Cuando la vida imita a las leyendas”

Sobrevivir a esos apegos que ahogan

Las madres tóxicas existen y Vivian Gornick tuvo una. La periodista, autora y activista feminista estadounidense la describe en su libro autobiográfico “Apegos Feroces” de manera magistral: su manipulación, su chantaje emocional, sus escenas melodramáticas y sus deseos de control sobre sus hijos por los que dice haber dejado todo y a quienes luego acusa de odiarla.

Fuerte situación, pero Gornick no sucumbe. Observa y absorbe; resiste y escapa; vive y vuelve con sabiduría e introspección -y una buena dosis de amor- a pasear de la mano de su madre ya anciana por las calles de Manhattan. La clave de este proceso, según ella misma cuenta en otro de sus libros -“The Situation and the Story, The Art of Personal Narrative” (2001)-, fue reconocer, luego de décadas de búsqueda de sí misma, que “no podía dejar a mi madre porque me había convertido en mi madre”. El camino hasta llegar a esta conclusión es pues, la verdadera historia de estas memorias, publicadas en inglés en 1987 pero que recién fueron traducidas al español en 2017 por Daniel Ramos Sánchez.

Se trata de una historia de “embrollo psicológico” según su propia autora, entretenida y cautivante, pese a que nada de lo que relata se sale demasiado de lo común y cotidiano en la vida de una familia donde madre e hija se llevan a las patadas.

Corre la primera parte de la década de los 40 y la niña de 8 años, Vivian Gornick, vive con sus padres y un hermano en un hacinado bloque de edificios de clase obrera en el Bronx, mayoritariamente judío, donde el máximo signo de status es tener un “apartamento de fachada”, es decir con ventanas que den hacia la calle. La mayor parte de la actividad se desarrolla, sin embargo, en los patios interiores, donde las mujeres se gritan de una ventana a otra, chismorrean, ríen y tienden la ropa a secar en largas cuerdas que cuelgan entre edificio y edificio. Todo el espacio, lleno de mujeres: “Apenas recuerdo a ningún hombre. Estaban por todas partes, claro está -maridos, padres, hermanos-, pero solo recuerdo a las mujeres”, relata Gornick.

Continuar leyendo “Sobrevivir a esos apegos que ahogan”

¿Existe el tiempo? El tiempo somos nosotros

20180922-DSC04085El tiempo nos inquieta. A veces nos falta; otras, nos parece que pasa tan lento. De jóvenes, sentimos que nos queda mucho; más viejos, percibimos su finitud. En el intertanto, tratamos de disfrutarlo, de aprovechar el “momento presente”. ¿Cómo se explica entonces que, mientras las personas comunes y corrientes tenemos la absoluta certeza de vivir inmersos en el tiempo, la ciencia afirme que el presente en el universo no existe?  ¿Cómo es que percibimos el paso del tiempo si al parecer vivimos en un mundo sin tiempo?

Esta es la pregunta central que aborda el libro “El Orden del Tiempo”, de Carlo Rovelli, un físico teórico de pelo desordenado y una pasión contagiosa por intentar dilucidar los misterios del tiempo desde la rama a la cual ha dedicado su vida, la gravedad cuántica.  Al igual que otros grandes de la divulgación científica – Hawking, Sagan o deGrasse Tyson, por mencionar algunos -, el estilo de este renombrado investigador italiano es claro y didáctico, pero agrega además una perspectiva filosófica y humanista – a veces incluso poética – que me parece que completa su enfoque y lo acerca al lego. Lo hace resonar con fuerza a nivel personal al hacer compatible lo que hoy la ciencia sabe del tiempo en el universo con la mirada que de él se tiene desde nuestra condición humana.

Llegué a este libro después de ver una entrevista a Rovelli que pasaron por televisión hace unos meses. Su pasión y claridad me empujaron a hacer el intento de leerlo, tentada además por la promesa – tanto del periodista como del científico – de que serían 170 páginas de lectura accesible para alguien tan ignorante en física como yo.

Confieso que la tarea no fue tan fácil como pensé, pero sí absolutamente gratificante.

El libro se divide en tres partes, pero como en una novela policial, habrá que esperar a la Continuar leyendo “¿Existe el tiempo? El tiempo somos nosotros”

El arte de pintar la lectura

El libro y el acto de leer pueden dar origen a grandes obras de arte, sobre todo si el que sostiene el pincel se llama Fray Angélico, Pablo Picasso o Edward Hopper, por mencionar algunos de los pintores incluidos en “L’Art de Lire, de la Renaissance au XXe siècle”, de Editions Artlys, una verdadera joyita que encontré la semana pasada hurgando -¡sí, nuevamente!- en la tienda de un museo, esta vez, el Petit Palais en París.

20181109-DSC04198
Jean-Jacques Henner, “La Liseuse” (1889-1890) Oleo sobre tela. París, museo nacional J-J Henner

En poco más de 70 páginas del tamaño de postales, este pequeño libro da cuenta de 30 pinturas realizadas por artistas desde el Renacimiento hasta el siglo XX: Van Gogh, Renoir, Durero, el Greco, Cézanne, Magritte y tantos otros que se dejaron llevar por alguna escena de lectura o de escritura y que, reunidos, constituyen un interesante elogio del libro a través del tiempo

Más que leerlo -aunque sí tiene buenos comentarios-, este libro se mira y se vuelve a mirar, una y otra vez, sin que canse. Porque pese a que el tema es el mismo, cada obra es un mundo diferente de colores, detalles e intenciones. Ordenadas cronológicamente, las pinturas van revelando el transcurrir de la historia, los cambios sociales y las nuevas prioridades de cada época a través de la mirada que cada artista da a este pequeño objeto, el libro, el cual va adquiriendo distintos contenidos, significados y usos con el paso de los siglos.

Así, las primeras obras son de carácter religioso y el libro por excelencia es la Biblia o el Libro de las Horas, que vemos en manos de la Virgen María, en varias escenas de la Anunciación, como la famosa de Fray Angélico (1425-1428) o de María Magdalena en la pintura de Piero di Cosimo (1501). Tanto en el Renacimiento como en el Barroco el libro es representado como objeto de atención de eruditos: San Agustín escribe en su estudio repleto de folios, en la obra de Carpaccio (1503-1507) y San Jerónimo traduce la Biblia en la pintura de Caravaggio (1605-1606), entre otros ejemplos.

Pasa el tiempo y ya los libros perfilados en las pinturas son más variados; se trata Continuar leyendo “El arte de pintar la lectura”

Paseando con Charles Dickens periodista

¡Me encantan las tiendas de museos! No puedo salir de una exhibición sin pasar por ahí e invariablemente encuentro algo original que comprar. Fue así que encontré este libro de Charles Dickens hace poco más de un mes, hurgando en la tienda del museo de Historia Natural de Londres, luego de visitar la muestra titulada “Life in the dark”, una fascinante exhibición sobre creaturas nocturnas de agua y tierra que estará abierta hasta enero próximo.

20181009-DSC04135Acomodado entre peluches de murciélagos y posa-vasos con forma de lechuza, el libro de Charles Dickens “Night Walks” (Paseos Nocturnos) me atrajo de inmediato, ya que con lo mucho que he disfrutado desde chica leyendo “David Copperfield”, “Grandes Esperanzas” y otras de sus novelas, jamás había escuchado de esta obra.

Se trata de un breve volumen de 112 páginas que tienen la cualidad de mostrarnos la propia voz del escritor victoriano a través de ocho relatos de no-ficción, una pequeña muestra de su vasta obra periodística que desempeñó durante toda su vida.

El título del libro -que justificó, supongo para mi suerte, venderlo a la salida de una exposición sobre animales nocturnos – corresponde al primer ensayo de la antología, escrito en 1860, donde Dickens narra sus caminatas nocturnas por Londres, única forma de enfrentar un grave insomnio que lo aquejaba por esa época. Entre medianoche y el alba, el escritor camina y observa una ciudad que “se revuelve y sobresalta antes de dormirse” hasta hundirse en un sosiego que Dickens -incapaz de dormir a esas horas- aprovecha para reflexionar sobre la soledad, el sueño del sano y la locura del insano, al tiempo que relata la pobreza y miseria que va observando a su paso.

Porque si sus novelas son famosas por retratar con gran realismo la situación de pobreza y vulnerabilidad en la Inglaterra victoriana, sus relatos periodísticos describen ya no a personajes ficticios, sino a personas de carne y hueso, trabajadores sin calificación en su mayoría, a los que él visita en sus casas y, para ponerlo en términos de nuestros tiempos, les pasa el micrófono para que cuenten su situación.

Así, en uno de los artículos escuchamos a la madre de una joven obrera que cuenta cómo esta muere de intoxicación por plomo, ya que trabaja por unos pocos peniques manipulando el metal; a la esposa de un calderero desempleado que explica lo poco que recibe ella por sus costuras, único sustento de su familia, después de pasar por los intermediarios; y a un cargador de carbón inválido cuya familia espera que el hijo mayor traiga algo esa noche, ya que no les queda nada para comer.

Parecen historias sacadas de sus novelas, pero, por el contrario, son parte de la realidad que alimentó a su ficción. En otro ensayo, describe las paupérrimas condiciones de la “Workhouse” (asilo para indigentes) de mujeres de Wapping, así como la expresión fantasmagórica de algunas ancianas residentes, las que recuerdan de inmediato a Miss Havisham, personaje que nacería por esa misma época en “Grandes Esperanzas”. Continuar leyendo “Paseando con Charles Dickens periodista”

Cuentos que no sueltan

Los relatos de “Pájaros en la boca y otros cuentos”, de Samanta Schweblin, desbordan en intensidad y tensión. Agarran del cuello y no sueltan, tal como el gran Julio Cortázar decía que tenía que ser un buen cuento: “incisivo, mordiente, sin cuartel desde la primera frase”.

20180922-DSC04082 (2)Samanta Schweblin lo logra en la mayoría de sus 22 cuentos, reunidos en este libro que disfruté, en lo que ha sido mi entrada al universo de esta escritora argentina radicada en Berlín, a quien pienso seguir leyendo.

Me gustó esa mezcla de realidad y absurdo, donde las cosas parecen ser normales, tal como las conocemos, hasta que algún acontecimiento prueba lo contrario. Consejo a los lectores: déjense llevar por la narración, déjense sorprender y, sobre todo, miren a través del prisma del narrador sin oponer resistencia.

Su tono me cautivó de inmediato y a medida que fui avanzando cuento tras cuento fui entrando en este ritmo de lo inesperado, del desenlace imprevisto, de la situación pasmosa o a veces ridícula, aunque llena de interpretaciones perfectamente plausibles.

Porque detrás del aparente disparate, se esconden asuntos profundos y universales; realidades tangibles que resuenan. El absurdo o lo fantástico sirve así de metáfora a temas de fondo. Estos se asoman, pero no exactamente como lo conocemos en la realidad: la maternidad/paternidad, por ejemplo, se enuncia, se da a entender en varios cuentos, pero sin nombrarla, en un niño que se vomita, un monstruo que se caza, o en unas mariposas con las alas rotas. Igual cosa ocurre con temas como el afán de control, la violencia de género, la violencia a secas, la soledad, la depresión, el sentido de la vida, entre otros que abordan los relatos.

Muchos de los personajes de estos cuentos buscan respuestas, algunos pasivamente, otros parecen estar al borde del ataque de nervios. En “Hacia la Alegre civilización”, por ejemplo, un hombre llamado Gruner se ve en la absurda situación de, día a día, no poder tomar un tren porque no hay cambio cuando quiere comprar el billete. Schweblin transmite hábilmente la frustración de Gruner en un crescendo de irritación que se resuelve en un desenlace original que nos deja pensando en el sinsentido de ciertos afanes en nuestra propia vida.

Hay humor -a veces bastante negro- y también poesía, todo ello expresado en un lenguaje trabajado, sobrio y efectivo, donde los adjetivos casi no existen a menos que sean estrictamente necesarios a la historia. La prosa fluye, la acción se desarrolla sin tropiezos; un verdadero placer de lectura.

Sobre todo, me gustó la forma en que la autora usa el diálogo como recurso que exacerba una acción ya agitada y confusa en cuentos como “Agujeros Negros”, donde la manía del Continuar leyendo “Cuentos que no sueltan”