De las mil formas que existen de contar una historia, Leila Guerriero sabe encontrar aquella que atrapa desde la primera línea por su energía precisa y su lenguaje vivo; esa que sugiere a través de una prosa inteligente y percute por su veracidad a toda prueba. Eso y mucho más queda en evidencia en “Opus Gelber, retrato de un pianista” (2019), su nuevo libro, donde la periodista argentina nos invita a descubrir al gran músico Bruno Gelber con una mirada nueva, gracias a una inmersión total en el mundo pluri-facético de este artista, con la esperanza de recabar suficientes elementos que permitan esbozar una imagen, por esquiva que sea, de su persona. Tarea nada fácil, pero el viaje realmente vale la pena.
Y es que de buenas a primeras no parece sencillo retratar de manera original a un artista como Bruno Leonardo Gelber -considerado uno de los cien mejores pianistas del siglo XX-, sin caer en la reiteración, el lugar común o una descripción wikipédica de sus enormes logros musicales.
Guerriero se plantea de otra forma. Su texto se basa en el dato duro, la fecha exacta, la información precisa; por supuesto. Pero su arte consiste en dar cuenta de todo ello de modo tal que nos parece estar viendo, escuchando y hasta oliendo a Gelber en el living de su casa.
Y no se queda ahí. La mirada aguda de esta maestra del periodismo narrativo latinoamericano va más allá; perspicaz y sutil, aspira a “ver, en lo que todos miran, algo que no todos ven”, una de sus consignas bases. Detalle a detalle, por nimio que sea, el retrato se va componiendo. Surge así una imagen novedosa y compleja -en las antípodas del estereotipo- de este misterioso artista, aclamado por la crítica musical por más de seis décadas.
Aparte de un reporteo y un trabajo de documentación colosal, la materia prima central de este libro está formada por las horas y horas de entrevistas que Guerriero sostuvo por casi un año con el pianista argentino en su departamento ubicado en el popular barrio de Once en Buenos Aires, donde él se instaló después de casi toda una vida en Europa codeándose con la elite musical y la alta sociedad del lugar. Allí conversan durante largas veladas, solos y acompañados; presencia clases con uno de sus alumnos, cena con él y sus amigos y es testigo de muchas escenas de su vida doméstica.
Para ver eso «que no todos ven», el método de Leila Guerriero es hacerse invisible, dejar que el entrevistado cuente, haga, gesticule, coma y calle como si ella no estuviera ahí. La voz que más se escucha, por ende, es la de Bruno Gelber, quien hace su entrada en el texto con un:
“- ¡Tesssoro! -dice exagerando la ese mientras tracciona con las manos sobre los apoyabrazos y luego con los puños sobre la mesa para levantarse.
– No te levantes, no hace falta.
– Mirá si me vas a mandar vos a mí – dice en un tono de reconvención jocosa, y se yergue sobre sus brazos de Atlante.
– Sentate, pichona”
Pichona, Rulito, Maravilla, son algunos de los sobrenombres con los que Gelber, con el transcurrir de las páginas, llamará a la periodista, con la que claramente se establece una relación de respeto y confianza mutuos. Recorrerá en idas y venidas su vida entera: su concierto a los cinco años, el primero de los más de cinco mil que ha tocado; la poliomielitis que lo atacó a los ocho y que le dejó la pierna izquierda mala para siempre; su relación con su madre; sus estudios con Scaramuzza; sus años en Europa; sus amores; sus cirugías estéticas; el accidente que le dañó una mano y le obligó a aprender todo de nuevo a los 60 años.
Guerriero es curiosa, pero sabe preguntar lo justo, sin protagonismo. Más que nada, observa y registra. Al relatar, sus descripciones son tan vivas y sus adjetivos tan efectivos que dan ganas que su lectura fuera un virus para contagiarse un poquito: el silencio de las calles es “neutrónico”; el edificio donde vive Gelber es de dimensión “fritzlanguiana”; el entorno en el barrio de La Boca, de urbanidad “batmaniana”; el pelo de Gelber “gaseoso” y algunas de sus réplicas tienen «velocidad de sitcom”.
Si bien la autora deja hablar a su protagonista y a quienes le conocen y testimonian, ella también aporta su propia visión, siempre basada en observaciones que ya nos ha relatado a los lectores. Así, transcurrida casi la mitad del libro, escribe acertadamente sobre Gelber:
“Si la emoción como valor máximo, por encima de la racionalidad, se refleja en algunos rasgos artificiosos y declamativos -la forma en que se viste, la decoración de su casa,- no prima cuando habla de sus amores, sus pérdidas, sus enfermedades. Si evoca a su madre lo hace con veneración pero sin exaltaciones. Si habla de la polio lo hace como si se hubiera tratado de un resfrío fuerte. Cuando mencione la muerte de alguien a quien quiso mucho terminará la historia con una pincelada cómica. Es el corazón sangrante de un compositor alemán domado por los imperturbables modos de un diplomático de cualquier parte”.
Esta última frase me parece que describe el principal desafío que enfrenta la periodista para llegar al fondo de este entrevistado: Gelber es sin duda generoso y locuaz, pero solo en sus propios términos. Ella, por ejemplo, le pide que la deje verlo estudiar. En un comienzo él asiente, pero luego le dice que es muy aburrido, que mejor que no. Ella le pregunta por las partes arduas de una vida nómade, la soledad, “la vida en una maleta” y él le responde: los trenes que se atrasan y los hoteles ruidosos. Si ella le insiste, se enerva y replica: “No. Vos estás buscando momentos psicológicos difíciles. Pero no hay. Hay cosas que no podés cambiar. La tierra es redonda y tenés jet-lag”. Punto.
El tema central del libro es Bruno Gelber, pero me parece que la historia también trata de las máscaras y maquillajes que toda persona, en mayor o menor medida, usa para cubrir su ser más íntimo. Para descubrirlo, en el caso de Gelber hay que ir leyendo entre líneas, fijándose tanto en aquello que él quiere mostrar como en lo que se guarda para sí. Aguzar también el oído en conversaciones, en particular las que sostiene con uno de sus alumnos que no trepida en hacer preguntas directas y donde la periodista afina su método de la invisibilidad con excelentes resultados.
Si bien los colores en este retrato son múltiples y no hay una única imagen posible, da la impresión que la clave para entender a Gelber está en la música. Su íntima relación con este arte es el elemento que ilumina su fortaleza ante la adversidad, así como sus temores, su pudor y su exuberancia. “Uno lo tiene que escuchar en Brahms para entender cómo es su personalidad”, pasa el dato Cecilia Scalisi, crítica musical. Parece obvio -mal que mal consagró su vida y talento a la música-, pero no lo es. En grupo, con amigos, casi no habla de música, salvo para referirse a anécdotas que le han ocurrido en conciertos, como cuando se tragó un mosquito. Parece aburrirse en conversaciones técnicas de compositores y obras; en vez, se conversa de la farándula, del apunamiento, o de lo rico que le quedaron las tartas a su hermana.
Varias veces Leila Guerriero se pregunta a sí misma cómo será Bruno Gelber cuando está solo. No lo verá jamás, pero tendrá un atisbo, al final del libro, cuando en su última conversación telefónica él le cuente desde Mar del Plata que se ha quedado solo en su departamento por unos días:
“Desde donde estoy, si miro hacia la derecha, hasta el horizonte es todo agua. Y si puedo tocar el piano, nada me hace más feliz. Mirá, ayer me quedé… expectante. Tuve todo el tiempo en los oídos la música. Música, música, música. Era Bach, la suite de Bach (…) Todo el día, todo el día, todo el día.”
Con esta imagen cierra este entretenido e interesante libro que recomiendo de plano a quienes aprecien tanto el buen periodismo como la buena literatura: Leila Guerriero prueba que combinar ambos es posible.
Ya había tenido el gusto de leerla en “Frutos extraños”, una antología de sus crónicas publicadas en medios de comunicación latinoamericanos y europeos entre 2001 y 2008 y su estilo me encantó de inmediato. Premiada y aclamada como uno de los grandes nombres del periodismo narrativo hispanoparlante, también ha publicado “Los suicidas del fin del mundo” (2005), “Una historia sencilla” (2013), “Plano Americano” (2013) y “Zona de obras” (2014).
Título: Opus Gelber, retrato de un pianista
Autora: Leila Guerriero
Editorial: Anagrama, (2019)
ISBN: 978-84-339-9872-9
Número de páginas: 333