Sobrevivir a esos apegos que ahogan

Las madres tóxicas existen y Vivian Gornick tuvo una. La periodista, autora y activista feminista estadounidense la describe en su libro autobiográfico “Apegos Feroces” de manera magistral: su manipulación, su chantaje emocional, sus escenas melodramáticas y sus deseos de control sobre sus hijos por los que dice haber dejado todo y a quienes luego acusa de odiarla.

Fuerte situación, pero Gornick no sucumbe. Observa y absorbe; resiste y escapa; vive y vuelve con sabiduría e introspección -y una buena dosis de amor- a pasear de la mano de su madre ya anciana por las calles de Manhattan. La clave de este proceso, según ella misma cuenta en otro de sus libros -“The Situation and the Story, The Art of Personal Narrative” (2001)-, fue reconocer, luego de décadas de búsqueda de sí misma, que “no podía dejar a mi madre porque me había convertido en mi madre”. El camino hasta llegar a esta conclusión es pues, la verdadera historia de estas memorias, publicadas en inglés en 1987 pero que recién fueron traducidas al español en 2017 por Daniel Ramos Sánchez.

Se trata de una historia de “embrollo psicológico” según su propia autora, entretenida y cautivante, pese a que nada de lo que relata se sale demasiado de lo común y cotidiano en la vida de una familia donde madre e hija se llevan a las patadas.

Corre la primera parte de la década de los 40 y la niña de 8 años, Vivian Gornick, vive con sus padres y un hermano en un hacinado bloque de edificios de clase obrera en el Bronx, mayoritariamente judío, donde el máximo signo de status es tener un “apartamento de fachada”, es decir con ventanas que den hacia la calle. La mayor parte de la actividad se desarrolla, sin embargo, en los patios interiores, donde las mujeres se gritan de una ventana a otra, chismorrean, ríen y tienden la ropa a secar en largas cuerdas que cuelgan entre edificio y edificio. Todo el espacio, lleno de mujeres: “Apenas recuerdo a ningún hombre. Estaban por todas partes, claro está -maridos, padres, hermanos-, pero solo recuerdo a las mujeres”, relata Gornick.

Estas eran “astutas, irascibles, iletradas, parecían sacadas de una novela de Dreiser. Habían años de aparente calma y, de repente, cundía el pánico y la locura: dos o tres vidas marcadas y el tumulto se apagaba”. Ahí vivió la autora por 15 años – entre los 6 y los 21 -, y se empapó de ellas, principalmente de su madre, en los distintos escenarios que marcaron sus vidas.

En la cocina, por ejemplo, donde la madre “resultaba lista, graciosa y enérgica”; ahí “podía ejercer su autoridad”, pero también se aburría y despreciaba sus propios quehaceres. Más tarde en el sofá del salón, desde donde la madre lloraba a gritos la muerte de su esposo, con una pena “primitiva”, lamentándose sin tregua y abundante autocompasión de su estado de viudez del que no saldría nunca, ya que a sus ojos “le otorgó un estado de superioridad”; se convirtió en su identidad.

Las memorias siguen con las crecientes discusiones entre madre e hija cuando esta entra al City College, no porque aquella no quisiera que la joven estudiase -al contrario, la empujó a estudiar-, sino porque “no había comprendido que ir a la universidad significaba que comenzaría a pensar: con coherencia y en voz alta”. La hija nunca antes había pronunciado una palabra que ella no conociese; ahora lo hacía, y eso la “ponía de los nervios”.

“Ella, sobra decirlo, estaba tan confusa como yo. No sabía por qué se enfadaba y si alguien le hubiera dicho que se enfadaba, lo habría negado…”

Así comenzaron las peleas: “Nuestras broncas hacían saltar la pintura de las paredes resquebrajarse el linóleo del suelo y temblar los cristales de las ventanas”. Es el inicio de su despegue e independencia.

Gornick explicaría más tarde que sus ansias de liberación no solo tuvieron que ver con su madre sino también con Nettie, el tercer personaje principal de estas memorias. Se trata de una atractiva pelirroja de Ukrania, gentil, viuda de judío, vecina del bloque y la antítesis de su madre y todo lo que esta representa. Alegre, ligera, sensual, de ella aprende de sexo y de cómo atraer a los mejores hombres. En eso, Nettie es una experta, mientras que en las labores de madre su incapacidad es patológica. Luego de enviudar muy joven de un marido abusivo, comienzan sus andanzas como la “puta de Babilonia” para escándalo del vecindario, aunque sigue ejerciendo influencia sobre Gornick creando aún más tensión con la madre.

Ambas figuras forman a la autora; son opuestas, pero en una cosa coinciden. La madre, al dedicar el resto de su vida a venerar a su difunto esposo, y Nettie, al buscar con desesperación la compañía de hombres, le transmiten a la joven el mismo mensaje: “el hombre es lo más importante en la vida de una mujer”. Frente a eso, Gornick se rebela y no por nada pasa a ser una de las voces más conocidas del feminismo estadounidense de principios de los 70 como periodista en el Village Voice.

Pese a lo emocionalmente cargada de la situación, la crónica en “Apegos Feroces” es amena y ágil. Vivian Gornick va tejiendo el relato de su niñez, adolescencia y adultez/vida amorosa con escenas recientes en que la autora ya madura (45) pasea con su madre de 77 años por las calles de Manhattan. Conversan, se encuentran con antiguos conocidos y recuerdan otros tantos; “nuestros mejores momentos juntas son cuando hablamos del pasado”.

Pasean porque “pasear saca lo mejor de nosotras”, pero no por ello dejan de discutir con pasión, de cualquier tema, de cosas nimias hasta llegar incluso a insultarse con palabras horribles.

“Es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle ‘Esta es mi hija. Me odia’. Y a continuación se dirige a mí y me implora: ‘pero ¿qué te he hecho yo para que me odies tanto?’ Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia. Pero paseamos por las calles de Nueva York juntas continuamente”.

El cambio de escenario, el hecho de encontrarse ahora caminando al aire libre, en lugar de encerradas en la cocina del sofocante apartamento del Bronx, refleja una transformación en la dinámica. Casi imperceptible, la mirada de la hija a la madre parece ser distinta en estas caminatas de lo que fue durante la adolescencia y temprana adultez. Hay indicios de comprensión, en el sentido de ser capaz de calar con mayor hondura en el interior de la anciana y verse reflejada en ella, prueba de un proceso de introspección de la autora.

Lo que más me impactó de este libro es la honestidad de Vivian Gornick y su capacidad de reconocer situaciones y emociones difíciles sin emocionalidad alguna. Su voz es cercana, pero no en exceso; toma la suficiente distancia como para crear un narrador – eso que los ingleses llaman “persona” – creíble, lo que a su juicio es un requisito clave en el género de memorias donde esta autora es maestra reconocida.

En definitiva, una lectura recomendable para quienes aprecien una buena historia humana y psicológica y quieran sumergirse en una obra icónica de la narrativa personal contemporánea.

Título: Apegos Feroces

Autor: Vivian Gornick

Traductor: Daniel Ramos Sánchez

ISBN: 978-84-16677-399

Editorial: Sexto Piso, S.A. de C.V (2017)

Número de páginas: 224

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